A principios de los años 80 nadie conocía a Tim Burton y para él sería seguramente un sueño hecho realidad trabajar para los estudios Disney. Pero su imaginario, influido por las películas de terror y el cine de serie B, provocaron finalmente su despido, lo que le llevó a desarrollar una de las carreras más personales y peculiares de los años 90. El éxito devolvería a Burton por la puerta grande a los estudios del ratón, con películas como Pesadilla antes de Navidad (1993). Burton anticiparía también, con Alicia en el país de las maravillas (2010), esta última tendencia de Disney de reproducir sus clásicos animados en imagen real, que ya hemos visto en Cenicienta (2015), El libro de la selva (2016) y La bella y la bestia (2017): todas cuidadas producciones, muy capaces de generar enormes sumas de dinero, pero completamente prescindibles. Por eso no debe extrañar a nadie que Burton dirija ahora un remake imposible como el de Dumbo (1941), no solo por su larga relación con los estudios Disney, sino porque la historia del elefante de enormes orejas, que consigue volar, tiene todos los elementos del cine del autor de Eduardo Manostijeras (1990).

Siempre interesado por los diferentes y los marginados –Batman (1989), Ed Wood (1994)- el pequeño Dumbo es un freak más para la galería de personajes de Burton. El escenario circense, colorido pero decadente, le viene de maravilla al gusto estético de este director, de sensibilidad retro y aquí decididamente expresionista y art déco. Acompañado de sus actores habituales –Danny DeVito, Michael Keaton, Eva Green– con una estrella diferente como Colin Farrell y valiéndose de los mejores efectos especiales, Burton fracasa sin embargo en la tarea de conseguir un solo momento mágico o un ápice de las emociones que los geniales animadores de Disney parecían lograr casi sin esfuerzo. Eso por no comparar la secuencia de los elefantes rosa en las dos versiones: la original es tan atrevida y extraña como la nueva es insípida y digital. En este nuevo Dumbo la historia que todos recordamos está presente, en esencia, y sobre todo durante la primera media hora, pero el guión de Ehren Kruger se ve obligado a crear personajes humanos para contar una historia prácticamente nueva.

Lo único interesante de esta película -que cumple con su labor de entretener a los más pequeños- es jugar a interpretar en el villano encarnado por Michael Keaton -llamado Vandemere- a un trasunto de Disney, entendido como la corporación todopoderosa y voraz en la que se ha convertido recientemente. Vandemere compra el circo entero del humilde mecenas que interpreta Danny DeVito -de apellido Medici, nada menos- para quedarse con los ¨derechos¨ de Dumbo. Y se lo lleva a un aparatoso parque de atracciones, lo convierte en peluches y demuestra no ser más que un ejecutivo al servicio de los bancos (Alan Arkin). ¿No se ha convertido en eso Disney al adquirir Pixar, los Muppets, Star Wars, Marvel y Fox? ¿Es Dumbo el caballo de Troya de un pequeño ajuste de cuentas de Tim Burton?