Una foto olvidada. La autora traza la trama alrededor de Quessant, foto de un caballo olvidada. Vida cotidiana. La madre. Lisboa. Poesía. Amor. Crecimiento personal. Gentes sencillas. Menorca. Viajes. Anonimato. El influjo y el paso de la vida observado desde la memoria. Altibajos. Aviones. 

Lo anterior son las baldas que envuelven y aseguran la circunferencia de experiencias y vivencias en la que se mueve una niña, luego adolescente, que no suele estar sola en sus avatares cotidianos, en su Santander natal y más allá. 

Marta San Miguel (Santander, 1981) ejerce el periodismo en un diario de su ciudad. Anteriormente, ha publicado sendos poemarios y narrativa de no ficción; por tanto, en Antes del salto, Libros del Asteroide, se esmera en conceder libertad a sus palabras, mediante la nitidez de las situaciones y la caracterización de los personajes. No está obligada a ceñirse a unos hechos, solo a aquellos que su memoria, real o imaginada, la convoquen. El resultado es una narrativa poética —pues poesía son muchos de los pasajes que la autora presenta como narrativa—, cosa que crea placer en el lector al constatar que la narradora enlaza ambos géneros. 

La narrativa de San Miguel es clara, diáfana. No confunde memoria —elemento vital en todo el libro— con imaginario, ni este con recuerdo. Aun no siendo un debut en sentido estricto, la narradora muestra una delicadeza y un trazo sutil y certero para hablar de la madre de la protagonista. Sabe ponerse en la piel de ambas. Si la vida de su ascendente es la de una mujer fuerte, capaz, observadora y considerada con sus hijos, la joven protagonista bucea en su propia memoria para alcanzar recuerdos de cómo su madre se manejaba en determinadas situaciones y, sobre todo, en sus pensamientos. Es un deleite «escuchar» su voz. 

La progenitora comparte con su hija la falta de nombre, pues sólo sabemos que la protagonista viaja a Lisboa por motivos laborales de Marido, junto a los hijos de ambos, Mayor y Pequeño. En cambio, sí conocemos el nombre de la prima pequeña y el de otros personajes. La autora cántabra fabula de manera noble y lúcida. No se enreda en alharacas, no busca alardes artificiales, ni en las situaciones, ni en las ideas. Su imaginación no ensucia ni su propia memoria, ni la de sus personajes. 

Para los legos en la materia, la autora nos introduce en un mundo desconocido, el de la hípica. Desde la descripción de escenarios y situaciones relacionados con el caballo hasta el vocabulario que afecta a los utensilios necesarios para cabalgar, las tareas de cuidado del animal, o la práctica competitiva. Los pasajes que la protagonista comparte con Quessant están tratados con mucho mimo. La capacidad de emocionar es tal que lo mismo que puede sentir la niña respecto a su madre, lo puede sentir con respecto al caballo. Respeto desde la memoria. Amor desde la reminiscencia. En el fondo y en la forma, la autora nos habla de cómo la memoria incide en la manera de relacionarnos y los vínculos que una niña o su antecesora son capaces de establecer y conseguir que perduren en el tiempo.   

En el libro hay dos imágenes nítidas al respecto. Una, preciosa, explicando las virtudes que tiene la progenitora al bordar la ropa y otros útiles de sus hijos. Y otra, de qué manera la melancolía se cruza con un sentimiento de pérdida al relatar la técnica de cepillado de Quessant. La protagonista sabe que un día dejará de montarlo. No habrá más competiciones, ni paseos. La madre, como vértice de la memoria, perdurará. Marta San Miguel cohesiona con estilo el personaje, su hábitat y sus relaciones, en un contexto que merece la pena descubrir. En este y otros aspectos, el libro es un regalo. Una primera novela muy chula.