Cuando se habla de la muerte los tintes melodramáticos se hacen súbitamente presentes. Cuando se habla con la muerte el humor negro es evidente, pues no deja de ser una capa más de la tragedia que se avecina y el asunto se lía hasta perder el hilo de que es una faceta de la vida. Cuando se habla de la muerte como un traspaso natural que da sentido a la vida, entendida como un legado por los dolientes, para la comunidad del fallecido, hablamos de la rabina francesa Delphine Horvilleur

La manera cómo la autora expone la muerte en Vivir con nuestros muertos, en particular, el uso de las palabras, la morfología y la prosodia que se establecen en distintos idiomas, dan ganas de pasar al otro lado durante un rato y observar cómo se percibe y asume la trascendencia de convertirse en polvo. Ese es el corpus del relato de una mujer sexagenaria, judía con posibles de Manhattan. En unas cuantas páginas, que brillan a partes iguales por su concisión, su detalle narrativo y el swing argumental, la rabina explica la obsesión de una mujer dedicada a aquello que no puede controlar. En imágenes daría para una miniserie de noventa minutos, dividida en dos o tres capítulos. La precisión es primordial. Pues si la muerte es un negociado riguroso, su explicación también debe serlo. 

Horvilleur recuerda que los rabinos, no son sacerdotes, sino estudiosos de la Torá , cuyos textos interpretan; además, transmiten a la comunidad preceptos ya debatidos por eruditos a lo largo del tiempo. «La Torá no habla de una vida después de la muerte», recuerda la ensayista. Entre las funciones de la rabina se haya el explicar el sentido de la pérdida, el aclarar dudas e iluminar y consolar a los dolientes durante el proceso, mediante las enseñanzas seculares que recoge el texto citado, que se ocupa de la ley y la identidad del pueblo judío. 

Para ello, este título, Vivir con nuestros muertos, publicado por Libros del Asteroide —en catalán, Viure amb els nostres morts, Columna— , al que seguramente apetecerá volver en el futuro, reúne once relatos, titulados, con nombres propios como Azrael, Marc, Marceline y Simone, Moisés, Edgar, el último relato que conjuga tristeza, ignominia y, también, esperanza, entre otros, que no ocupan doscientas páginas. Cada tanto, se nos recuerda que el judaísmo conservador considera todavía tabú asuntos como la cremación y el esparcimiento de las cenizas, que el judaísmo moderno aplica; por tanto, ha superado esa cuestión, entre otras muchas.      

El subtítulo de este ilustrativo libro es «Pequeño tratado de consuelo»  o lo que es lo mismo, la rabina explica qué supone la pérdida. La ensayista se siente un tanto atormentada por la polisemia, pues no siempre alcanza para explicar que es la muerte ya que el hebreo, nos explica, es muy conceptual. Ciertas cosas los judíos las verbalizan en arameo, y no precisamente en el sentido que solemos usar esa palabra por estos lares. La polisemia se aplica en vida a la muerte para así explicar la vida de la muerte. «La muerte es un más allá de la palabra que exige que solo se emplee para hablar de ella la lengua de lo irreconciliable: aceptar que sea esto y lo otro al mismo tiempo, que habite un mundo donde no hay lugar para las palabras», ratifica la autora.

La trazabilidad de sus obligaciones conforman una espiral de conocimiento, pedagogía, identidad, ternura, dolor, expectación y otros intangibles –paradójicamente, muy tangibles– que giran en torno a la duda, como concepto, y a la finitud de la palabra, como herramienta de comunicación y diálogo. La ensayista argumenta con sencillez y arrojo que la muerte es un asunto, de principio a fin, humano. Y a quien mejor se lo explica es a quien mejor la interroga. En ese punto resulta una lectura terapéutica. 

«Necesito saber dónde ha ido Isaac. Papá y mamá no me lo saben explicar. No se aclaran. Me dicen que mañana lo enterraremos y también que se ha ido al cielo. Y yo no lo entiendo: ¿estará en la tierra o en el cielo? Yo necesito saber dónde tengo que mirar para buscarlo». Nadie sabe hablar de la muerte, y puede que esta sea la definición más precisa que se puede dar de ella. 

No es de extrañar que con este material, el conjunto de relatos, altamente humanistas, sea un éxito en su país. Con el cúmulo de vivencias de la autora en su calidad de rabina y por su labor en el seno de la comunidad judío francesa, en el que el vocablo laicidad es una instrumento de concordia, la escritora y erudita deviene una referencia. Por este ensayo, Delphine Horvilleur es reconocida por el gremio editorial de su país. Asimismo, Francia, como estado, le ha concedido altas distinciones por su irrenunciable compromiso cívico, en los últimos años.