En el estómago de la bestia, Professor Angel Dust (Contra, 2026)

Biografías musicales hay muchas, casi tantas como influencers o tertulianos «fachos». Pero comparables a En el estómago de la bestia, las memorias de Ángel Francisco López Morán que nos trae Contra, muy pocas. Porque, como reza su subtítulo, Aventuras y desventuras de un DJ, la vida del Professor Angel Dust ha sido de lo más peculiar. Pionera, siempre intensa, con frecuencia espídica y, luego, directamente extrema. De Toronto a referente underground desde Barcelona hasta dar con sus huesos en la cárcel panameña y vivir para contarlo. De hecho, quizás sería mejor decir las vidas de este superviviente…
Nacido en Ciudad de México en 1963, Ángel Francisco López Morán es músico, productor, DJ y empresario, afincado en Barcelona desde 1990. Además de crecer rodeado de músicos, poetas y cantantes en su familia, comenzó su formación musical con apenas 5 años en el Conservatorio Nacional, estudiando teoría musical y piano. A los 18 años, en pleno auge post-punk, se trasladó a Toronto para graduarse en Arte Experimental. Allí creó sus primeras bandas, Jesus and the Mutants y Fandango, mientras desarrollaba su interés por la electrónica y la producción en Wellesley Studios, donde trabajó como asistente. Más tarde llegaría Bambi, junto a Betty Moon, con el que saboreó un efímero éxito gracias a «Rock On».
Ya en Barcelona, arrancaría su carrera como DJ mientras ponía en marcha el proyecto ON, cuyo álbum From Now On contó con la producción de nada menos que Malcolm McLaren, a la sazón mentor y maestro. Tras los Juegos Olímpicos, nace su alter ego Professor Angel Dust, convirtiéndose en uno de los pinchadiscos más destacados en España. En el 2000 alcanzó el número uno nacional e internacional con su versión del «Oye cómo va» de Santana con la colaboración de Mucho Muchacho. Es también el año del nacimiento de las célebres sesiones Bongo Lounge junto a su «Dope Brother», Diego Delippo, en La Paloma, que se extenderían hasta 2007 —reemprendidas en 2023 tras la reapertura de la sala—.
Semejante hoja de servicios, aderezada con mucho hedonismo y fiestas descontroladas por medio globo, batallitas dentro y fuera de la cabina mientras se gesta una trayectoria, sería suficiente para unas memorias musicales «al uso». Pero no serían demasiado originales, quedando a merced de los conocimientos o intereses previos del lector —ambos prácticamente nulos en mi caso—. No obstante, En el estómago de la bestia cuenta con un nervio narrativo inusual, más eléctrico de lo que estila en el género. Y, sobre todo, con un alucinante segundo relato dentro del propio libro. El que comienza en el capítulo veinte, apropiadamente titulado «Los confines del infierno», y nos lleva a Panamá en septiembre de 2008.
Son apenas ochenta páginas dentro de En el estómago de la bestia, pero su impacto es indeleble. El relato de una estafa maligna que le fuerza a ser parte de una espantosa trama narco para, una vez detenido —junto a su pareja—, ser encarcelado en dos de los penales más terroríficos de Panamá —La Joya y El Renacer—. Una pesadilla en toda regla que se extenderá durante casi cinco años y que el buen Professor cincela con prosa repleta de urgencia. La desesperación ante la injusticia sufrida y la corrupción sistémica del aparato judicial-penal panameño, más el peligro cuasi permanente del lugar al que fueron a parar sus huesos, debería haberlo engullido. No fue el caso.
Porque sin renunciar a la crudeza ni a la sensación de dislate mayúsculo —atentos a la aparición estelar del dictador Manuel Antonio Noriega—, En el estómago de la bestia tiene más que ver con Cadena perpetua que con El expreso de medianoche. La redención se abre paso gracias a la música. Reformando un destartalado estudio de grabación en el que trabajar codo con codo con los reclusos en nueva música. Algo que primero se lee y siente como un asidero para no abrazar la locura. Pero pronto se transforma en instrumento para reinventarse entre rejas e, incluso, acelerar su proceso de liberación. Del shock a la crónica, siempre frágil y rayana en lo surreal, de la forja de auténticas «canciones de resistencia».
En libertad desde 2013 y de nuevo en Barcelona, En el estómago de la bestia se cierra antes de ayer —con el mencionado resurgimiento de La Paloma—. Y como el resto del libro, a toda velocidad. Y con esa certera combinación de reveses y triunfos en forma de pérdidas dolorosas y nuevos comienzos. Tan solo la COVID obligando al stand-by. Un limbo que, para entonces, el lector sabe meramente temporal dado el irrefrenable ímpetu vital de López Morán. Una fuerza motriz que, contada a dentelladas y sin cortapisas, evita que estemos ante unas memorias más. En absoluta coherencia con un tipo voraz. En «lo suyo» —si clicáis en este enlace tenéis música para aburrir—. Y en la vida.