La primera película que vi en una sala de cine fue El abismo negro (1979) una producción Disney de ciencia ficción que me maravilló por sus enormes escenarios pintados y sus robots, algo toscos. Tendría yo unos 4 o 5 años y, aunque aquello no era Star Wars (1977), me valía. Hoy se puede ver con facilidad en Disney Plus, pero no me he atrevido a hacerlo por miedo a empañar su recuerdo. Esa fue mi primera experiencia en un cine ¿Y la tuya?

Prácticamente durante toda mi vida he escuchado que lo que más me gusta, se muere. Ya tuvo que lidiar el séptimo arte con la aparición de la televisión, el vídeo doméstico y las plataformas digitales. Ahora el covid podría acelerar esa muerte tantas veces anunciada, cerrando salas y provocando el estreno online de muchas películas. ¿Qué podemos hacer para evitarlo? Pues mover el culo, comprar una entrada en la taquilla y disfrutar. En el texto a continuación, hago el ejercicio de recordar experiencias que he tenido en una sala de cine. No le tienen que interesar a nadie, pero, quizás, te sientas identificada con alguna o te apetezca contarme lo que te ha pasado a ti. Me gustaría leerte. 

De mi infancia recuerdo E.T., el extraterrestre (1982) y haber hecho spoiler a mi familia porque un amigo del cole ya la había visto en Estados Unidos. Se me ha quedado marcado ir a ver Cristal oscuro (1982) y que se formaran dos colas delante de la taquilla: hubo que llamar a la policía para que pusiera orden. Otro momento inolvidable: entrar en El Retorno del Jedi (1983) a la mitad y luego quedarme a ver el principio y seguir hasta el final, por segunda vez, cuando existía la sesión continua. Tampoco olvido la celebración de los espectadores cuando Daniel LaRusso derrotaba a Johnny Lawrence en Karate Kid (1984), de la que salí dando golpes de kárate (al aire). Ya en la adolescencia, tengo un cariñoso recuerdo del cartón y del plástico azul y rojo de las gafas para ver las escenas en 3D de Pesadilla final: la muerte de Freddy (1991). Y tendría yo unos 17 años cuando un amigo, más intelectual que yo, nos llevó a la pandilla a ver Stalker (1979) de Tarkovski. No entendimos nada. Nuestro amigo se enfadó mucho por el ataque de risa que nos entró nada más salir de la sala. 

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Creo que la comedia y el terror, funcionan mejor en una sala de cine. Los mayores sustos de mi vida me los han dado El resplandor (1980) -en una reposición-, el tijeretazo de El exorcista III (1990), The ring (1998), o The Inkeepers (2011) de Ti West. Más recientemente no me pierdo en salas los sobresaltos de The Conjuring (2013) de James Wan y sus efectivas secuelas. En cuanto a la comedia, me vienen a la mente dos ataques de risa: una escena de boxeo de un film de Chaplin y la ‘muerte’ de O.J. Simpson en Agárralo como puedas (1988) -que fui a ver, por cierto, con el mismo amigo de la peli de Tarkovski-.¿Quién no recuerda las sesiones que ha compartido con citas, parejas y exparejas? En mi memoria está ir a ver El pacto de los lobos (2001) con una chica y pasar completamente de la película para mirarla a ella. Y esa vez que asistí a una maratón compuesta por Halloween (1979), Noche de Miedo (1985) y El terror llama a su puerta (1986) con la chica que me gustaba en la épocaEn la sala pude cogerla de la mano, fuera nunca más. Ir a ver The Assassin (2015) de Hou Hsiao Hsien, una película hermosa pero que es prácticamente como mirar cuadros en la pared, con mi novia de entonces. Al salir pensé, si ha aguantado esto… Ahora es mi mujer, pero no ha vuelto a aceptar ver nada parecido.


Atesoro la sensación de descubrir algo absolutamente nuevo en el cine: una sensación que tuve al ver Pulp Fiction (1994) el día de su estreno. Desde entonces cada película de Tarantino es una cita ineludible. También me pasó con El ejército de las tinieblas (1992) de Sam Raimi, con Clerks (1994) de Kevin Smith o incluso con Cube (1997) de Vincenzo Natali, directores a los que sigo teniendo cariño.

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¿Y qué me decís de las emociones de asistir a un estreno muy esperado? Las precuelas y las últimas entregas de Star Wars no han sido todo lo buenas que hubiéramos querido, pero es difícil describir la experiencia de haberlas visto el primer día, con familias enteras emocionadas, expectantes, con gente disfrazada, con la sensación de pertenecer a algo que no he tenido en una iglesia o en una cena de navidad del trabajo. El testigo de esas películas-evento lo han recogido las de Marvel Studios, que ahora comparto con mis hijos. Y que este año no hemos podido disfrutar, claro, por culpa del covid.


El cine ha vivido periódicas ‘revoluciones’ tecnológicas, que se han quedado en nada, para luego volver a lo esencial. Aún así, me pareció impresionante ver Avatar (2009) de Cameron, la maravillosa La invención de Hugo (2011) de Scorsese o Gravity (2013) de Cuarón. Experiencias que solo son posibles en una sala de proyección. También fui corriendo con dos amigos a ver El Hobbit (2012) en el formato HFR (48 fotogramas por segundo) apadrinado por Peter Jackson. La sorpresa fue que la película se veía borrosa, pero nosotros aguantamos unos 15 minutos pensando que nuestros ojos se tenían que acostumbrar al nuevo formato. La realidad era que el proyector estaba estropeado por lo que nos devolvieron la entrada. ¿Se ha estrenado alguna otra en HFR? Años más tarde, mi mujer me llevó a ver Jurassic World: El reino caído (2018) en una sala 4DX: salí con lumbago por el meneo que meten las butacas con tanto dinosaurio y me tuve que pone el chubasquero por los efectos de ‘lluvia’. Soy demasiado mayor.  


He presenciado más de una deserción de una sala de cine. Me vienen a la memoria gente que se sale de Monstruoso (2008) -¡La cámara se mueve mucho!-, o de La casa de Jack (2018) -que tiene planos durísimos- de Lars Von Trier y antes de ayer, en Para Sama (2020), un documental cuyas imágenes sobrecogen. Confieso que en esas ocasiones me sentí estúpidamente especial por quedarme cuando otros abandonaban.

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Durante un período de mi vida, no estudiaba ni trabajaba, sino que iba diariamente al Cine Doré de la Filmoteca española, donde me di un atracón de ciclos completos sobre directores como Jean-Luc Godard, Luis Buñuel o Roman Polanski. Mejor que ir a la universidad. En el ciclo sobre Akira Kurosawa, en la proyección de Un domingo maravilloso (1947) el protagonista masculino mira a cámara y se dirige a los espectadores de la sala para pedirles que aplaudan a la chica. Ver a la gente aplaudir, porque sí, es de lo más emocionante que me ha pasado. Por cierto, en el estreno de aquella película en Japón nadie aplaudió, en el de París, sí.
Todo esto por no hablar de experiencias cinéfilas de nivel ‘avanzado’, como asistir a festivales: el Nocturna y la Muestra Syfy en Madrid, son citas anuales equiparables a la Navidad para un friki. En estos encuentros nunca olvidaré haber podido escuchar a Joe Dante y Tobe Hooper; ver Burke and Hare (2010) justo detrás de John Landis, escuchar un emocionante discurso de Chicho Ibáñez Serrador o comprobar que Caroline Munro siempre será muy guapa. También he tenido la oportunidad de asistir al festival de cine iberoamericano de Huelva o al de cine fantástico de Sitges, experiencias que atesoro.


Todas estas cosas me han pasado en una sala ¿Queréis saber cuántas cosas me han pasado en el sofá de mi casa? ¿Y a ti qué te ha pasado en un cine?