8 Oct 2026 15.035 artículos desde 2008
Libros

Yo era un encanto, Eve Babitz (Literatura Random House, 2026)

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Descubrimos a Eve Babitz hace poco más de un año con Días lentos, malas compañías (Colectivo Bruxista, 2024) y queríamos repetir. Un «debe» que Literatura Random House soluciona gracias a Yo era un encanto, generoso volumen de sus crónicas y artículos, inéditos en castellano. Un compendio de textos que disecciona la vida cultural norteamericana —sobre todo la de Los Ángeles— y la contracultura en las décadas de 1960 y 1970, así como las peripecias de una de sus «reporteras» e it girl más efervescentes. Lo que, a la vez, convierte el libro en una suerte de inesperada autobiografía. Así que, para empezar, toca desglosar a una figura de trayectoria singular….  

Nacida y fallecida en su idolatrado L.A., Eve Babitz (1943-2021) fue una autora, artista visual y parte de la élite cultural yanqui en los 60 y 70. Vinculada a los ambientes artísticos desde la cuna —ahijada de Igor Stravinsky, padre músico, colaborador de 20th Century Fox y Nat King Cole, madre artista—, Babitz creció rodeada de la industria del cine y la música —Charles Chaplin y Greta Garbo eran amigos de la familia—. Sin embargo, tras destacar académicamente en el Hollywood High School —compañera de James Dean— y Los Angeles City College, se trasladó a Nueva York, donde frecuentó con Andy Warhol, Yoko Ono, y Joan Didion. Aunque su primer contacto con la notoriedad llegó en 1963, tras la icónica foto de Julian Wasser en la que Babitz jugaba al ajedrez, desnuda, con el artista Marcel Duchamp.

A nivel profesional, sus incursiones iniciales fueron en el arte visual, diseñando las portadas de discos de Linda Ronstadt, The Byrds o Buffalo Springfield a finales de los sesenta. Pero, a partir de los 70 despegó su labor como cronista cultural, colaborando en revistas como Rolling Stone, Vogue, Cosmopolitan, The Village Voice o Esquire. Autora de cinco novelas y dos obras de no ficción, en 1997, tras quedar herida de gravedad en el incendio fortuito de su coche, se retiró de la vida pública, muriendo a los 78 años por la enfermedad de Huntington. Olvidada durante mucho tiempo, su obra y figura como icono cultural ha sido revalorizada gracias a la periodista y escritora Lili Anolik —pronto su Didion y Babitz en la sección—. 

La ajetreada e intensa vida de Babitz se muestra en toda su magnitud en los cincuenta textos que conforman Yo era un encanto. Publicados en las cabeceras mencionadas anteriormente entre 1975 y el aciago 1997, nos muestran a una mujer que «estuvo allí» no solo para contarlo. También para vivirlo, en una primera persona atractiva y jacarandosa, como bien ahonda el prólogo del imperdible Rodrigo Fresán. Que se resiste, indómita e inteligente, a ser figura pasiva, simple comentarista de los acontecimientos. Que estilísticamente no acepta corsés, pasando del relato o capítulo ficcionalizado de su propia vida a comentarios culturales, reseñas o esbozos urbanitas. Y cuya prosa resulta magnética, vivaz —rasgos bien reflejados en la traducción de Miguel Gómez Besós—. Incluso cuando el tema que le ocupa no sea de gran interés para el lector.

Acaso ese sea el único punto débil de Yo era un encanto. En sus más de quinientas páginas hay de todo respecto a temáticas. Artículos sobre yoga, bailes de salón, un perfume esencial, fiestas de postín —en Hollywood o en Miami—. Mucha moda y vestimentas sexis. Amoríos o relaciones en situaciones de quiebra. O el tamaño y la importancia de un busto prominente —repito, siempre basados en su propia experiencia—. Por tanto, ciertamente, en el volumen existen no pocas piezas que redundan en un lado anecdótico, frívolo. Lo que, en un principio, puede resultar menos relevante… Los matices, exceptuando el a mi juicio extenuante texto sobre la marca Fiorucci, están por llegar.   

En primer lugar, porque las crónicas que justifican el valor de Yo era un encanto son legión. Comenzando con las que se sumergen en el mundo del cine. Ya sea el magistral periplo siguiendo a Francis Ford Coppola de «Todo esto y, además, El Padrino». O el trío de artículos relatando sus interacciones con actores como Nicolas Cage, James Wood y Billy Baldwin. Tampoco le andan a la zaga las que ahondan en el terreno musical, caso de su ilustrativa pieza sobre Jim Morrison, o la estupenda «Noches de Honky-Tonk», dedicada a la mítica sala Troubadour de Los Ángeles. Sin olvidar la soberbia contraposición de la era hippie que devienen «Los asesinatos de Charles Manson» y «El paraíso hippie».  

En segundo lugar, incluso más relevante, tenemos el hecho de que, en muchas de los textos de Yo era un encanto antes calificados como potencialmente superficiales, Babitz «da con la tecla». Quizás sea en ellos, precisamente, donde se revela su dimensión como cronista y voz lúcida, pese a la supuesta ligereza, de una época contradictoria y apasionante. Idealista pero hipercapitalista. Foodie, aunque obsesionada por el lujo y la imagen —tan distinta a hoy, ¿verdad?—. Tras su desenfado e irreverencia nos brinda la «imagen completa», experimentada además en sus propias carnes. De forma natural, irónica, sin tomarse demasiado en serio —factor crucial—. Mostrando que en Hollywood y su glamurosa bohemia la intelectualidad, el desenfreno y el absurdo iban de la mano. Eve Babitz fue «con todo» a por «el sueño dorado». No sólo lo soñó. Lo hizo suyo…