Reto mayúsculo reseñar este Ya no somos modernos que nos trae la editorial Eutelequia. ¿Cómo se hace la crítica de, en palabras de su propio autor, el periodista Jota Martínez Galiana, un “experimento de novela generacional con 13 canciones y 776 samples”? Tras darle unas cuantas vueltas, he decidido hacerlo en dos partes. Forma y fondo.

La forma, claro está, es el “experimento”, donde posiblemente reside la baza principal de Ya no somos modernos. No solo porque la novela tenga una estructura singular y musical, estructurada en 13 capítulos como las 13 canciones que nuestro protagonista, Francisco Javier, alias el “Fiera”, escucha mientras desgrana su historia. Sino, sobre todo, por el ambicioso, audaz, y ciertamente logrado recurso de insertar, nada más y nada menos, que 776 fragmentos de letras de canciones, “samples” que para nada repercuten en el desarrollo del relato. Al contrario, despiertan más de una sonrisa en el lector al descubrirlos e incitan a una segunda y tercera lectura. Libro, juego y jukebox, ¿quién da más?

Si brillante es la forma, en cambio el fondo, la llamada “novela generacional”, presenta más dudas. La historia del desastre del “Fiera” está sólidamente construida y, dada la singular estructura de la novela, eso ya es todo un triunfo. Ciertamente, el boom del consumo de drogas hacia finales de los 80 es algo tristemente conocido y estudiado, resumible en la lapidaria sentencia de que “la heroína acabó con más gente que cualquier guerra”. Pero seguramente tienen más que ver con la generación anterior, la del hermano del protagonista. En cualquier caso es una buena base para situar y construir la historia de Ya No Somos Modernos, en ese pueblecito interior valenciano perfectamente intercambiable por muchos otros, frente a esa capital fantasmagórica donde nuestro protagonista estudia. Pero creo que a Galiana el relato se le va algo de las manos.

Y es que las definiciones grandilocuentes son muy peligrosas, y la de novela generacional sin duda lo es. Generacional supone sentirse identificado, reconocer lugares transitados y aromas familiares. Y ese no es el caso porque, en mi opinión, hay un exceso de épica, de fatalismo asolando el relato, algo de impostada trascendencia en estos jóvenes que en realidad están tan terriblemente aburridos que solo supieron distraerse cogiendo la enésima borrachera en el bar de turno, aquí llamado Virus, para pronto pasar a cotas mayores que acaban con uno más rápido. Sus personajes nunca fueron modernos. Solo otros “españolitos” más, de esos que no entienden el ocio sin perder el control. Y unos cuantos de ellos, simplemente yonquis.

Afortunadamente, Galiana acaba equilibrando el conjunto con demoledora precisión, siendo absolutamente certero al subrayar que todos los vaivenes, errores, mentiras, traiciones y autoengaños del “Fiera” son solo responsabilidad de él mismo, así como sus consecuencias. “Es de ingenuos pensar que lo hecho, hecho está, y que no tendremos que rendir cuentas por crímenes que ya han prescrito, que al pasar la página habremos dejado de estar presos y que a nuestro cuento no le espera el más triste de los finales”. Ahí sí, los presuntos héroes etílicos, que tontamente decían estar rebelándose contra un mundo absurdo y falaz, revelan que sus pies están empantanados de barro y podredumbre. Pero incluso rodeados por la mierda, siempre hay un resquicio para continuar hacia delante. Brillante cierre para Ya No Somos Modernos, que siguiendo con el juego literatura-música quizá no sea un disco redondo. Pero la audacia en su forma, y la enjundia y sentimiento tras su lograda pátina experimental hacen que estemos ante un disco/libro muy especial, a recomendar, y sin duda ante una banda/autor a seguir.