Lo estamos comprobando: la confinación de los humanos en sus casas está haciendo que otras especies terrestres que antes vivían escondidas lejos del bullicio de las urbes se atrevan a reconquistar un terreno que no tuvieron más remedio que cedernos. Tendríamos que habernos dado cuenta cuándo nos llegaron los primeros avisos desde Suiza, tierra de donde surgieron Mister Wolf y a Mister Wolf (no confundir a uno con el otro). Estas criaturas del rock and roll fueron abandonando su bosque ya por el 2011, y no tuvieron siquiera la cortesía de esperar a que una pandemia vaciase las calles. Ellos ya llevan tiempo merodeando nuestro territorio en busca de carne fresca. Dicen que su alimento favorito son los hipsters y los hippies, y que sólo obedecen ante los aullidos de Screaming Jay Hawkins, o como mucho de un Tom Waits, si se pone especialmente fiero. El resto de mortales estamos condenados… condenados a menear la cabeza a base de su pócima primitiva de garage, punk y blues.

La “Metamorphosisanunciada en el título de su tercer disco no es para tanto. Siguen manejando los mismos ingredientes, aunque con un punto extra de contundencia en la producción, en un loable (pero complejo) intento de igualar la energía que desprenden sus directos. Aunque el sonido dominante es el de la batería incansable de Mister Wolf y los trallazos de guitarra entre garajera, bluesera y psycho-rockera de Mister Wolf, de vez en cuando se dejan acompañar por otros animales de parecido pelaje, entre los que destaca un líder de manada que nos resulta familiar: ni más ni menos que el mítico Dieter Meier (Yello), que aquí cede su voz para una reinterpretación de su propio ‘Fat Fly’

El discurso permanece intacto desde el principio hasta casi el fin, ya que la única concesión llega en el tema de cierre, ‘Time To Say Goodbye’, donde el rock de taberna y cerveza en mano puede generar una impresión de parodia que no hace justicia a tan imponentes bestias.