8.5
Score

Final Verdict

El pianista nerlandés Wolfert Brederode se une al cuarteto de cuerdas Matangi Quartet, para confeccionar un disco cuyo repertorio abarca la música barroca, la contemporánea, y el jazz.

El músico nerlandés Wolfert Brederode (1974) es un pianista minimalista, con un sentido acento lírico, que bascula entre la poesía y la oscuridad, que en “Ruins and Remains”, su cuarto álbum como titular para el sello bávaro, se une a un cuarteto de cuerdas Matangi Quartet, cuyo repertorio abarca la música barroca, la contemporánea, y el jazz, cuenta con la participación del baterista y percusionista Joost Lijbaart.

El formato no le resulta extraño, pues con anterioridad los combos habituales fueron en trío, “Black Ice”, 2016, y cuarteto, “Currents”, 2007, y “Post Scriptum”, 2011. En este álbum amplía el formato. Wolfert Brederode, piano; Matangi Quartet: Maria-Paula Majoor, violin y Daniel Torrico Menacho, violin; Karsten Kleijer, viola, y Arno van der Vuurst, violoncello; además de Joost Lijbaart, a quien se le reconoce una especial capacidad para la improvisación. La amistad que los une a todos desde su paso por el Real Conservatorio de La Haya también ayuda.

Como tantos otros músicos, le gusta rodar sus composiciones en sus presentaciones. A raíz de esa dinámica, la suite, concebida y escrita como una pieza para piano, cuarteto de cuerdas y percusión, cobra una fluidez nueva, de este modo, se aleja del concepto compositor/pianista. Muestras son las improvisaciones en “Nothing For Granted” y “Dissolve”, que suenan pareciendo todo lo contrario, pero respiran el mismo tono que el resto del álbum.

El disco abre el diafragma para ejecutar esta suite, cuyo objeto inicial era la conmemoración del fin de la Primera Guerra Mundial. El estreno de la obra tuvo lugar 2018. La obra tomó vuelo y su significado se fue ampliando. La música no siempre va ligada a la vida y la muerte. Existen estaciones intermedias como la pérdida y el dolor, y sobre todo, la capacidad para levantarse y seguir avanzando después de tales vicisitudes. Así como la vulnerabilidad y la resiliencia. Sin olvidar el optimismo. El título es suficientemente explícito, ruinas y restos (mortales), que la emotividad de la música hace evidentes. Incluso, las notas más sombrías ofrecen un espacio a la esperanza y al optimismo. La obertura silenciosa y etérea de “Ruins I”, con el protagonismo de la percusión, así parece indicarlo, y “Swallow” certifica la expansión de la melodía. El fluir de la música, punteada por cuerdas y batería, concede un vigor matizado a una composición como “Cloudless”.

Retrouvailles” es una de las cuatro miniaturas, de dos minutos o menos de duración, compuestas para el cuarteto de cuerdas, un ingenio del compositor neerlandés, en las que se entremezclan sonoridades con un uso sutil de la dinámica musical que alcanza a todo el álbum. Las dinámicas aceleran y retrotraen las emociones. El optimismo deja paso a la desolación en “Ruin II”. La sección de cuerda se torna oscura,  y la percusión se suma al abatimiento, pero el conjunto puede evocar un estado de ánimo completamente diferente en la deliciosa “Duhra”, de nuevo, con la violinista Maria-Paula Mojoor, al frente del ensamble.

En todo este proceso tiene mucho que ver las sesiones en el Sendesaal, una sala de conciertos en Bremen. Inicialmente, los músicos se reunieron para grabar jazz y el resultado final fue en otra dirección. La violinista no dudó en declarar que “el sonido en la sala ofrece espacio para encontrar la poesía detrás de las notas» y que la grabación fue algo más. “Cambiamos el alma de la música”. Los matices obtenidos inducen a un minimalismo de cámara, que apetece escuchar repetidamente. La imaginación y construcción de los arreglos de Wolfert Brederode que atraviesan la suite, obligan al audiófilo a olvidarse de etiquetas y abrazar las emociones que provoca “Ruins and Remains”.