Y es que, en concierto, Clem Snide son él y sus chistes. Él y su risilla nerviosa apenas contenida, sus comentarios ácidos, su paso inseguro, su guitarra y su divertida locuacidad. Sólo dos compañeros de viaje le secundan en esta nueva gira, siempre a un lado, dejando espacio al carisma sin límites de Eef: Brendan Fritzpatrick al bajo con su impasible media sonrisa (“muy precioso… hermoso”, anuncia Eef en su escaso español, “pero también… peligroso”) y Ben Martin a la batería.

Ese formato de trío redujo peligrosamente los matices de unas canciones que ganan con ropas más suntuosas, otro lastre añadido a que el reciente “Hungry bird” sea posiblemente el disco menos interesante del grupo. Y efectivamente, eliminadas las suaves pinceladas jazzy y los aromas country, y potenciado el indie-folk a medio tiempo, hubo momentos en que el show no pudo pasar de un aprobado en lo estrictamente musical, como ese “Born a man” que pidió a gritos un piano. Pero contando en vanguardia con alguien como Eef, el Jonathan Richman del siglo XXI, y en retaguardia con canciones tan vibrantes como “I love the unknown” o “Your favourite music”, la victoria final está asegurada. Sí, para ello hubo que tirar de carisma y buen rollo, de bromas inesperadas y de complicidad con un público que no dudó en aportar cachondeo, a veces casi excesivo, al show. Pero en la guerra y en el amor vale todo, y desde luego a Clem Snide los amamos.

Todo lo contrario es lo que ofreció justo antes Will Johnson (Centromatic, South San Gabriel) con un concierto íntimo y suave, sin intentar ganar favor alguno y simplemente dejando que su clásico folk americano, su guitarra y su preciosa voz mendiguen una atención nunca exigida. Lo consiguió sólo en ocasiones mientras desgranaba canciones propias y del próximo trabajo grabado a medias con Jason Molina y finalmente se atrevió a incitar un simpático coreado global que por fin puso una sonrisa tímida en boca del público, tímida y agradable como el concierto en sí.

 

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