8.4
Score

Final Verdict

Weyes Blood acierta de pleno yéndose a un pop épico y orquestal en ‘And in the Darkness, Hearts Aglow’, el que puede ser el último gran disco de 2022.

Hay artistas que consiguen que una propuesta muy personal llegue con bastante facilidad a mucha gente. Aunque luego no sea nada fácil componer unas canciones que no sigan los cánones del pop y el rock actual, y que estas dejen poso con tan solo un par de escuchas. Es el caso de Weyes Blood, el proyecto de la norteamericana Natalie Mering, que ha visto como, poco a poco, iba ganando seguidores, y como la crítica se deshacía en elogios con todos sus discos. Especialmente con ‘Titanic Rising’, la pequeña joya que publicó en 2019. Una discografía casi perfecta, a la que, ahora, hay que añadir una pieza más.

And in the Darkness, Hearts Aglow’ es la segunda parte de una trilogía que empezó con su anterior trabajo. Algo que, al parecer, y en un principio, no estaba premeditado, pero, una vez más, la pandemia lo cambio todo. Así, si en ese ‘Titanic Rising’ hablaba de la catástrofe que estaba por llegar, aquí se mete de lleno en ella. Para narrarnos esa catástrofe, nos deja una colección de canciones en las que, principalmente, carga contra el narcisismo de las personas, y contra el mal uso de las redes sociales que nos lleva a ese narcisismo. Además de, claro está, el amor hacia otros. Tanto del bueno, como del malo.

Buena parte del nuevo trabajo de Weyes Blood está formado por delicadas canciones de pop orquestal que se cuecen a fuego lento y que se van a los seis minutos. Casi un suicidio en estos tiempos de streaming en los que a la gente le cuesta una barbaridad prestar atención a algo que dura más de un minuto. Pero, como ya hemos dicho antes, Mering es experta en hacer fácil lo que en un principio parece difícil. Así, consigue que cortes tan clásicos, en los que empieza de forma reposada, y termina con una catarsis orquestal, funcionen a la primera. Como es el caso de “It’s Not Just Me, It’s Everybody” o “Grapevine”. O de esa belleza llamada “Hearts Aglow”, en la que se anima un poco más. Incluso sale airosa cuando se pone más etérea y entrega un tema como “God Turn Me Into a Flower”.

También hay que decir que, entre medias, nos va dejando caramelitos que podríamos tachar de más asequibles. Ahí tenemos una canción como “Children of the Empire”, en la que sigue metida de lleno en ese sonido retro que tanto le gusta -es alucinante lo bien que suena ese chasquido de dedos-, pero en ella esta más esplendorosa, e incluso un poco spectoriana. O “The Worst Is Done”, donde se va a un soft-pop muy de los setenta, y bastante más animado que el resto del álbum. Incluso se atreve a salirse del concepto sonoro del álbum y entregar una deliciosa semi-balada sintética como es “Twin Flame”, en la que entran en juego las cajas de ritmos. Aunque eso sí, para cerrar, prefiere volver al mundo más orquestal y etéreo, y dejarnos la delicada “A Given Thing”. Un cierre perfecto para un disco casi perfecto.