Los remakes nunca fueron buenos ¿o sí?

2021 puede haber sido el año de los musicales, con títulos tan importantes como Annette de Leos Carax y SparksEn un barrio de Nueva YorkTick, Tick… Boom! Encanto -detrás de las cuales está Lin Manuel Miranda-; la animada Canta 2, por no hablar de la española El cover de Secun de la Rosa y de títulos que se valen del género tangencialmente, como la estupenda El amor en su lugar de Rodrigo Cortés y hasta Última noche en el Soho de Edgar Wright, que utiliza la música en prácticamente cada secuencia. Pero la guinda del pastel de esta nueva hornada de musicales es probablemente la nueva versión de un clásico absoluto como West Side Story que ha dirigido Steven Spielberg. Es un lugar común y un signo claro de pereza el denostar indiscriminadamente cualquier remake y cualquier nueva versión de una historia ya conocida. La práctica es tan antigua como el cine -en la época muda ya era habitual- y hay numerosos ejemplos de remakes que han salido muy bien. Por alguna razón, solo recordamos los que han salido mal. Creo que está claro que la película de Robert Wise, con Natalie Wood, es un clásico intocable que representa una época del cine de Hollywood y que tiene una estatura mítica probablemente inalcanzable. Entonces ¿Para qué comparar? Lo cierto es que la película que firma Spielberg es magnífica. El director siempre había afincado su narrativa en largos planos secuencia, en los que la cámara se va moviendo imperceptiblemente, acercándose y alejándose variando los planos, creando un montaje sin cortes en el que los actores deben seguir una coreografía, y en los que la música y la banda sonora juegan un papel fundamental. ¿Por qué nunca había hecho Spielberg un musical hasta ahora? Es mejor no pensarlo, porque seguramente nos hemos perdido dos o tres obras maravillosas.

La nueva West Side Story tiene toda la fuerza pegadiza de las canciones de Leonard Bernstein y Stephen Sondheim, y está hecha a todo lujo -nada menos que Gustavo Dudamel dirige la orquesta-. Un magnífico diseño de producción para recrear los años cincuenta, una magnífica fotografía, y la sabiduría de Spielberg detrás de la cámara son suficientes para que esta película sea tan buena como la original. Las interpretaciones son impecables, y la protagonista femenina, Rachel Zegler -obviamente no se puede comparar con un mito como Natalie Wood– es todo un descubrimiento. La debutante tiene encanto, soltura y emociona. Pero también hay que alabar el trabajo de rostros no demasiado conocidos como Ariane De Bose, Mike Faist y David Álvarez, por no mencionar a una venerable Rita Moreno, el necesario vínculo con el clásico, que demuestra que todavía tiene ese ‘no sé qué’ se las estrellas de antes. West Side Story actualiza una tragedia que, como ya se sabe, no es más que la reimaginación de Romeo y Julieta, llevada al Nueva York de tensiones raciales de los años cincuenta. En esta nueva adaptación resuenan también temas más actuales como la gentrificación, que margina a estadounidenses “de pura cepa” y a puertorriqueños. Pero sobre todo se hace un alegato contra la división en una sociedad polarizada, contra la violencia y el odio, y una defensa del amor por encima del racismo y del rencor de cualquier tipo. Con números vibrantes como el del famoso I want to live in America o la divertida secuencia en la jefatura de policía, que logra recuperar la inocencia y la comicidad del original, West Side Story me parece un triunfo que merece ser disfrutado en pantalla grande.