Está en las noticias. A finales de 2019, en Filadelfia, el FBI investiga los gestos de algunos cadetes, en un acto de academias militares, con la presencia de Donald Trump, que se podrían interpretar como mensajes supremacistas. El gesto con la mano, que normalmente se entiende como la expresión ‘OK’ aquí significaría ‘White Power’. Es el mismo gesto que utilizan los ‘cíclopes’, una organización secreta presente en la adaptación-secuela de Watchmen de Damon Lindelof, quien se ha imaginado el cómic de Alan Moore y Dave Gibbons en la América de hoy, en la de Trump. Si el cómic original publicado entre 1986 y 1987 sigue siendo sorprendentemente vigente, la serie televisiva de Lindelof actualiza el material original de forma inteligente y pertinente. Watchmen es una de las series del año, que comento a continuación. Capítulo a capítulo, con spoilers.

El fascinante primer episodio de Watchmen, It´s Summer and We´re Running Out of Ice, tiene el sello narrativo de su frontrunnerDamon Lindelof. Nos cuenta lo justo sobre un mundo alternativo y extraño. Es la escuela de la ‘caja misteriosa’ de J.J. Abrams. Pero ojo a los detractores de Perdidos y The Leftovers: aquí no hay ninguna gran incógnita. Es la forma de contar de Lindelof, que dosifica la información para mantenernos absolutamente enganchados. Aquí el guionista adapta el mejor cómic de superhéroes de todos los tiempos, Watchmen, algo así como El Quijote de los súpertipos. Lo primero que hay que decir sobre esta novela gráfica, es que los superhéroes existen, pero en un mundo real. El género superheroico nace con Superman en 1938 y cada década de su existencia, como subgénero del Fantástico, tiene sus propias características que reflejan su época: la inocente pureza de los inicios que aún reflejaba los efectos de la Gran Depresión; el patriotismo de los 40 ante la Segunda Guerra Mundial; el idealismo infantil de los 50 por la ‘caza de brujas’; la scifi loca de los 60; el desencanto de los 70 tras Vietnam y el Watergate; el conservadurismo de la era Reagan en los 80. Entonces nació Watchmen, miniserie en la que Alan Moore y Dave Gibbons contaban una historia de superhéroes, para adultos, con un fuerte componente político. Y varias cosas más. Moore plantea un relato de ciencia ficción en toda regla ¿Qué pasaría si existiese realmente el superhombre? ¿Y si fuese estadounidense?


Estas preguntas dan pie a una realidad alternativa en la que Richard Nixon ha ganado la guerra de Vietnam y mantiene el poder en La Casa Blanca. La serie de televisión es una arriesgada secuela del cómic. En la primera escena, vemos que, como en el original, se reescribe la historia americana. Un niño afroamericano ve una película muda, similar a El nacimiento de una nación (1915) de D. W. Griffith, solo que aquí el héroe es de raza negra. Esto nos lleva a una escena de revuelta social, otro elemento característico de Watchmen: el mundo que dibuja da miedo, es oscuro, inestable y parece a punto de estallar, o de acabarse. La idea del Apocalipsis también marcaba el cómic, que en plena guerra fría reflejaba el terror a una guerra atómica. Volviendo a la televisión, el joven afroamericano de este prólogo, se ve amenazado por el Ku Klux Klan. Recordemos que el KKK rescataba a la heroína en apuros en El nacimiento de una naciónen el último minuto, recurso dramático que John Ford copiaría utilizando al séptimo de caballería en La Diligencia (1939). En la serie, según descubrimos en este primer capítulo, los supremacistas se convertirá en el Séptimo de Kaballería, que ahora usa la máscara de Rorschach, el equivalente de Batman en Watchmen -aunque derivado de The Question- un fascista violento que acabó siendo uno de los personajes más icónicos de la novela gráfica. En el cómic original, Alan Moore establece una relación directa entre las capuchas del racista KKK y las máscaras de los justicieros. Se establece que el mayor deseo de la ultraderecha es alzarse por encima de la Ley -aquí usando incluso tácticas terroristas- para conseguir una justicia moral. Una idea escalofriante que sitúa al superhéroe como el sueño húmedo de la extrema derecha.

En la serie de televisión, Lindelof saca Watchmen del Nueva York de Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976) que propuso Alan Moore, para contar su propia historia en la América profunda -y racista- de Donald Trump. El presidente aquí, sin embargo, es un demócrata como Robert Redford, una idea apuntada hacia el final del cómic. Y eso cambia bastante las cosas. Así, los ‘malos’ son los mencionados supremacistas y los buenos, las fuerzas de la ley, representadas por Judd Crawford (Don Johnson) -de traje marcial impoluto y sombrero vaquero, pero afición por la cocaína-; por Angela Abar (Regina King) y por Wade Tillman (Tim Blake Nelson). La sorpresa es que los agentes policiales son también superhéroes, enmascarados tan aterradores como sus enemigos: ella es Sister Night y él, Looking Glass. El argumento se centra en estos agentes enfrentados a una agresión a un policía y a desactivar un posible atentado terrorista, lo que lleva a un desenlace sorprendente, un cliffhanger -nunca mejor dicho- marca de la casa. Nos presentan, además, a Adrian Veidt (Jeremy Irons), el primer personaje que vemos del cómic original, envejecido y en un entorno enigmático. ¿Dónde se encuentra? ¿Qué ha sido del héroe Ozymandias? A partir de aquí, hay que hablar de referencias y guiños al cómic que hacen recomendable su lectura previa. Adrian Veidt habla del ‘hijo del relojero’, sin duda, el doctor Manhattan (al que percibimos brevemente en un televisor, en otra escena) el único con superpoderes del universo Watchmen. Pero hay más referencias: llueven calamares de otra dimensión, -eliminados de la película de Zack Snyder-; el documental de los Minutemen; la nave de Búho Nocturno que usa la policía; el reloj que regalan a Adrian Veidt, tema central del cómic –WatchMen– que se publicó dividido en 12 partes, 12 horas hasta el fin del mundo. Hay que buscar en cada plano una figura visual recurrente en el cómic, esa circunferencia cuya simetría se rompe, como el reloj y las manecillas, o la famosa mancha de sangre en la chapa del smiley face del Comediante, que aquí se convierte en la estrella de sheriff, que cierra el capítulo. Visualmente el episodio es fantástico, dirigido por Nicole Kassell, y la banda sonora es simplemente guay, de Trent Reznor y Atticus Ross, que hace aconsejable ver esta serie con cascos.

El segundo capítulo, Martial Feats of Comanche Horsemanship, contiene los mismos elementos, intrigantes y emocionantes, que el primero. De nuevo el relato se inicia con un flashback que ahonda en la historia de este mundo alternativo, en este caso, llevándonos a lo que parece ser la Segunda Guerra Mundial, y reflejando un hecho sorprendente, paradójico, pero real: los nazis alentaron a los afroamericanos a rebelarse y a no luchar por su país, debido a que son maltratados allí. La cuestión racial se revela clave en la serie: descubrimos el nexo entre la protagonista, Angela Abar y el muchacho negro que protagoniza los mencionados flashbacks, interpretado en la actualidad por Louis Gossett Jr.; la Kaballería -con máscaras de Rorschach- es el equivalente del KKK; el ‘esqueleto en el armario’ de Judd Crawford; el proponer los disturbios raciales de Tulsa -ocurridos en 1921- como un hecho social traumático cuya indemnización genera más odio -el personaje virtual que interactúa con Angela es el experto en la cultura e historia afroamericanas, Henry Louis Gates Jr.-. Mencionemos también las constantes referencias al cómic del episodio: se sigue desarrollando la subtrama de Adrian Veidt -siempre inspirado en Alejandro Magno- que en un extraño teatrillo con clones a su servicio, recrea el origen del Dr. Manhattan – ¡Ese pene azul!- con la reconocible cabalgata de las Valkirias de Wagner como fondo musical. Lindelof busca llenar su serie de referencias, guiños y niveles de lectura, tal como hacía Alan Moore en su inagotable cómic. Aparecen aquí, de nuevo, las teorías conspiranoicas que ofrecía Moore en el tebeo: invasiones extraterrestres -clara referencia a La guerra de los mundos de Orson Welles-; el documental del nacimiento del superhéroe, que nos permite ver en acción -espectacular- a Justicia Encapuchada y se desmiente la teoría -presente en el original- de que su verdadera identidad era la de un forzudo de circo; el uso de la tecnología de Búho Nocturno -las gafas de visión de rayos X que usa Angela-; el que la familia de esta se disfrace con los mismos trajes de Halloween que llevan unos niños en el tebeo-; y el dueño del kiosco, que habla sin parar con un joven, aparece aquí en versión afroamericana. Comentar, por último, la violencia brutal de la policía enmascarada y de la propia Sister Night, que nos hace dudar de quiénes son aquí los verdaderos fascistas.

El tercer episodio, She Was Killed by Space Junk, es toda una sorpresa al presentar como protagonista del relato a otro personaje del cómic original, Laurie (Jean Smart), ahora de apellido Blake -lo que es un spoiler enorme de Watchmen- que fue Silk Spectre/Espectro de seda, hija de la superheroína original del mismo nombre, expareja del Doctor Manhattan -¡Ese enorme consolador azul!-, y luego pareja de Búho Nocturno -descubrimos que está en prisión- y ahora agente del FBI, descreída y encargada de un cuerpo que lucha contra los justicieros enmascarados. Muy divertida la trampa que le tiende a una parodia del Batman de Christopher Nolan. Laurie y su compañero historiador, Petey (Dustin Ingram), sirven a Lindelof -y a su coguionista Lyla Byock– para hacer un resumen de Watchmen, del tebeo. Luego, cuando Laurie investiga la muerte de Judd Crawford, eso sirve también para contarnos más cosas sobre lo que ha pasado en los años, que llevan de 1985 a esta secuela en el presente. Hay, por supuesto, más guiños al tebeo: la bandera pirata de la misteriosa organización que controla a Adrian Veidt, que puede remitir a Tales of the Black Freighter, cómic dentro del cómic, que aparece en algunos números de Watchmen; mencionemos también los diarios de Rorschach; las cabinas telefónicas para hablar con el Doctor Manhattan en Marte; o ver a Veidt en su traje de Ozzymanias, que sigue desarrollando su misterioso plan, diseñando inventos -catapultas y escafandras- como un moderno Leonardo Da Vinci.

El tema central -y explícito- de If You Don´t Like My Story, Write Your Own, es el legado. Lo que dejamos a nuestros hijos, el paso de una generación a la siguiente. Esta idea está presente en la historia de los superhéroes de DC: cuando se creó a Robin para que el lector infantil de Batman pudiese identificarse, las aventuras del caballero oscuro se iluminaron, pero, además, hicieron viejo al personaje central. Robin conlleva la idea de que Batman es mortal y que su manto pasará, tarde o temprano, a su pupilo. Ya he mencionado que los tebeos de superhéroes han vivido diferentes épocas: una Edad de Oro que se corresponde a los años 40, una Edad de Plata que vienen a ser los 50 y 60, y una Edad Moderna a partir de los 80. En cada una de esas eras hay una versión diferente de cada personaje: así, el Superman de los 40 es diferente al de los 80; por no hablar de personajes como Flash o Green Lantern, que cambian mucho entre sus diferentes versiones. Esto se refleja en Watchmen al establecer dos grupos de héroes, los Minutemen, los originales de la década de los 40 y los Crimebusters de finales de los 70, luego retirados a mediados de los 80. Es la idea de un relevo generacional: mencionemos a Espectro de Seda y a su hija, o a los dos Búhos Nocturnos. En la primera escena de este episodio, el tema del legado se refleja también en esa pareja que no ha tenido hijos, comprada por la misteriosa Lady Trieu (Hong Chau), ‘heredera’ del negocio de Adrian Veidt, que ha adquirido ante su ausencia. Ella, por cierto, construye un gran reloj, el reloj del Milenio, que reemplaza al temido reloj del Apocalipsis: el tiempo, la muerte, la esperanza, son temas presentes en el cómic original que aquí recupera Lindelof, actualizados. Mencionemos también la curiosa conversación sobre la muerte entre Cal Abar (Yahya Abdul-Mateen II) y sus hijos; la búsqueda de Angela de sus orígenes y de su abuelo, que también están en Vietnam, como los de Lady Trieu. En WatchmenEstados Unidos ganó Vietnam, sin embargo, Lindelof desentierra esos fantasmas, como el eco de una dimensión alternativa. Laurie dice que todo héroe enmascarado tiene un trauma, lo que Lindelof aprovecha también para ahondar en su legado: ella es la hija de dos Minutemen, del Espectro de Seda original y del fascista violador nihilista, el Comediante. Por otro lado, Adrian Veidt emula al doctor Frankenstein -el moderno Prometeo- creando vida para luego desecharla sin rastro de humanidad, encerrado en su misteriosa isla del doctor Moreau.

Centrado en Wade Tillman/Looking Glass, el episodio Little Fear of Lightning, comienza nada menos que con la catástrofe del calamar gigante, en Nueva York, en la que murieron millones de personas -en una secuencia de puesta en escena espectacular, dirigida por Steph Green– que evitó la guerra nuclear y que unió a los estadounidenses en el terror a un enemigo común, supuestamente extraterrestre. El final del cómic, de Watchmen, revelaba que el calamar era un fraude, creado por Adrian Veidt, revelación que aquí experimenta Tillman, que ha estado engañado, y asustado, toda su vida. El calamar gigante que ideó Alan Moore en 1987 es nada menos que un equivalente premonitorio del 11-S: un evento traumático, que se convierte en la fuente de la paranoia -por el terrorismo- y de la conspiranoia, de esos que creen que todo es un complot. Aquí esa teoría de la conspiración se hace realidad, descubrimos la farsa, que los poderes juegan para los dos bandos enfrentados, que son definidos como descerebrados manipulados. Pero que la amanezca sea falsa, no impide que Tillman -en mi opinión, un personaje similar a Rorschach- siga sintiendo miedo: las fake news en toda su extensión. Por cierto, el simulacro que debe ejecutar Tillman para sentirse tranquilo, recuerda poderosamente al ritual de la escotilla en Perdidos para evitar ¿Qué era? ¿El fin del mundo? Cada episodio de Watchmen se divide en dos, y aquí, vemos a Veidt realizando sus extraños experimentos, de estética steampunk y que generan una incógnita, también, muy en la línea de la serie sobre la isla misteriosa. Con esa extraña escafandra a lo Julio Verne y ese salto en catapulta a lo Barón Münchhausen, Lindelof nos sorprende una vez más y nos deja intrigados. El episodio confirma, además, la homosexualidad de dos miembros de los Minutemen.

Angela tenía que ser necesariamente descendiente de un superhéroe para que el tema del legado encajase. Y el primer superhéroe tenía que ser negro. Las pastillas ‘Nostalgia’, nombre extraído de la línea cosmética que en el cómic comercializa Adrian Veidt, sirven de recurso para evocar el pasado en This Extraordinary Being. Dichas pastillas contienen recuerdos que pueden ser revividos al ingerirlas. Angela experimenta el pasado de su abuelo, que resulta ser nada menos que el misterioso Justicia Encapuchada. El relato de su origen es, en realidad, una variación de la autobiografía de Hollis T. Mason, que complementa el cómic original. Se trata del primer Búho Nocturno, un policía que se inspira en el tebeo de Superman, aparecido en Action Comics en 1938. Lindelof incluye en Watchmen el elemento racial, clave para entender los Estados Unidos, pero que el británico Alan Moore no tuvo casi en cuenta en su análisis político e histórico del país -quizás pensaba en el Reino Unido de Margaret Thatcher-. El episodio contiene ideas brillantes, como hacer coincidir el maquillaje de Justicia Encapuchada -que se hace pasar por blanco- con el de Sister Night; o que Judd Crawford sea víctima de su propio legado; o reincidir en el tema del trauma del superhéroe, como la orfandad. Visualmente, el capítulo también está lleno de aciertos, realizado conceptualmente como un plano secuencia, aunque con cortes digitales. Un plano secuencia casi subjetivo, ya que Angela experimenta los recuerdos de su abuelo. La realización de Stephen Williams y el montaje van mezclando pasado, presente y futuro en un mismo escenario mental, en uno de los mejores episodios de la temporada. El ralentizado espectacular del momento en el que Justicia Encapuchada atraviesa una ventana, momento congelado en el tiempo entre las esquirlas de cristal, conecta estéticamente con el Watchmen de Zack Snyder, cuyos Minutemen aparecen aquí desenfocados, como si Lindelof se negase a reinventarlos.

Las pastillas ‘Nostalgia’ son también la excusa para presentarnos el pasado de Angela, en un episodio, An Almost Religious Awe, que despeja varias de las incógnitas de la serie. Volvemos a Vietnam, tras una guerra ganada por Estados Unidos y por el Doctor Manhattan, un tipo que no es ni blanco ni negro, sino azul. También es como un dios, lo que da pie a todo tipo de reflexiones. Tras la increíble revelación final de este episodio, conviene recordar cómo Cal Abar explicaba la muerte a sus hijos. El capítulo está lleno de pistas psicológicas sobre por qué Angela ha sido primero policía y luego superhéroe, o de dónde sacó su nombre de guerra -nada menos que de la blaxploitation-. Todo esto en un Vietnam que sirve como idea del colonialismo/imperialismo, de la tendencia de Estados Unidos a inmiscuirse en otros países y en otras culturas. A esto hay que añadir el juicio por genocidio contra Adrian Veidt, juzgado por sus clones, en una secuencia que al menos a mí me hace pensar en el tono satírico de Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas o de Los viajes de Gulliver. Por último, mencionemos también la imagen fantastique de ese elefante tirado en el suelo de una mazmorra. Y que la banda sonora evoca a David Bowie y a sus arañas de Marte.

El título A God Walks into a Bar, tiene forma de premisa de chiste -recordemos los que le contaba Laurie al Doctor Manhattan en la cabina- y juega con el apellido de la protagonista, Angela Abar. Estamos ante uno de los mejores episodios de la ficción televisiva reciente, aunque no sea necesariamente original. Su fuente hay que buscarla, lógicamente, en el cómic, Watchmen, donde Alan Moore -que por cierto ha renunciado a que aparezca su nombre en la serie, como en cualquier adaptación de su trabajo- ideaba una de las mejores historias que he leído, en la que nos contaba el origen del Doctor Manhattan y su exilio a Marte, todo narrado con su melancólica forma de percibir el tiempo: como una constante en la que el pasado y el futuro coexisten y el presente pierde su sentido. Algo así como el eterno retorno de Nietzsche. El tema está muy presente en la ficción de los últimos años, citemos por ejemplo La llegada o True Detective. La percepción temporal del Doctor Manhattan y los continuos flashbacks permiten otro de los recursos en boga, las paradojas temporales –PerdidosStar Trek lo que lleva a que este episodio tenga una estructura circular que nos devuelve en su final, al bar del título inicial. La historia es tan compacta y perfecta -no puedo evitar compararla con un ‘mecanismo de relojería’- que Lindelof se ve obligado a relegar las escenas de Adrian Veidt a los postcréditos -aunque antes hemos descubierto dónde se encuentra y que el Doctor Manhattan es el auténtico creador de ese universo cerrado en el que todos los días es su cumpleaños; así como la identidad de la pareja primigenia -literalmente Adán y Eva- que da origen a los clones que pueblan este supuesto paraíso. Dejaremos a Veidt intentando escapar como un moderno Conde de Montecristo. Lindelof, además, se las arregla para introducir el tema racial: si ya se arriesgó convirtiendo al primer justiciero enmascarado en un hombre de raza negra, ahora hace lo mismo con el primer superhéroe del universo Watchmen, que pasa a ser afroamericano – ¡Y cuyo pene también aparece en pantalla! -. Por último, hay que decir que Angela Abar se convierte en la tercera novia del Doctor Manhattan, muy frío, sí, pero también enamoradizo. Ángela es la tercera pareja de una tercera generación de superhéroes. Lo que hace bien Lindelof es convertir este capítulo, además, en una historia de amor.

El cómic de Watchmen es una obra redonda, de estructura circular: la última viñeta de un smiley face manchado de kétchup refleja la primera imagen del primer número, la famosa chapa manchada de sangre del Comediante. En el último episodio de la serie televisiva, See How They FlyDamon Lindelof conecta todos los puntos de su historia: Adrian Veidt vuelve de su exilio en una trama que nos lleva precisamente al final del cómic, ese Apocalipsis simulado de 1985 -por cierto, vemos una recreación perfecta del despacho de Veidt que conocimos en las viñetas-. Pero, además, se cierra el círculo del legado, al descubrirse que Lady Trieu es algo más que la multimillonaria que compró las empresas de Veidt. En el mismo sentido circular, Angela se reencuentra con su abuelo, precisamente en el escenario de la primera escena del primer capítulo de esta serie. Simetría total. Pero, sobre todo, este último episodio vuelve al Doctor Manhattan ya que, en realidad, toda la historia ha girado en torno a él. Lindelof ya ha propuesto que el primer superhombre, que en definitiva es dios, debería ser de raza negra. Ahora sugiere que debería ser también, una mujer.