Llevamos bastante tiempo sin hablar de cine en la sección. Pero Ediciones B nos brinda la ocasión de solucionarlo realizando un peculiar viaje al pasado —los más jóvenes dirán arqueología prehistórica—. Visitando un Videoclub en, como dice el subtítulo, Una historia de película de lo más especial y personal, protagonizada, guionizada y dirigida por el cofundador de Filmin, Jaume Ripoll. Un híbrido entre el libro de memorias, crónica de la historia y, sobre todo, la industria del cine en España. Y pura cinefilia.  

Nacido en Palma en 1977, Jaume Ripoll Vaquer es Licenciado en Dirección por la ESCAC (UB). Inició su carrera compaginando la dirección de documentales y videoclips con el periodismo en prensa, revistas de tendencias y videojuegos. Tras seis años en Manga Films, en 2005 pasó a ejercer de Director editorial en la distribuidora independiente Cameo. En 2007, cofundó la plataforma Filmin, de la que es su Director editorial y de desarrollo. Y, cerrando el círculo, en 2010 creó el Atlántida Film Fest, primer certamen cuya programación se ofrece íntegramente en Internet. Ripoll también es docente, productor de filmes y series —como la exitosa Barcelona, nit d’hivern o Doctor Portuondo—, o guionista —Somos gente honrada—.

Toda esa potente trayectoria está en Videoclub. No obstante, hay más. Para empezar, el relato acerca de un lugar sepultado por los tiempos, que visto y narrado desde un nostálgico «ahora» adquiere resonancias míticas, cuasi ritualísticas —el de bajar con mi padre al de mi calle cada sábado, imagino que similar para los que empezamos a tener una edad—. Y que en el caso de Ripoll alcanza dimensiones aún mayores, porque era la labor de su progenitor —asimismo curioso coleccionista—. Y la «piedra de Rosetta» de un niño-joven-adulto cuya educación sentimental ha tenido diversas formas. Cinta VHS. Fino estuche de Dvd. Digital —¿contrasentido?—. Gran o pequeña pantalla. Pero siempre a vueltas con el celuloide.

En ese sentido, la apuesta de Jaume Ripoll es notable. Arriesga bastante, ya que el tono melancólico, reflexivo e incluso, apesadumbrado, podría hacer de Videoclub una apuesta algo lacrimógena. No obstante, sale victorioso de manera orgánica, natural. Su unión de lo íntimo y confesional en paralelo a la crónica sobre la evolución y estado de la industria es más valiosa que cualquier jornada de suntuosamente publicitadas conferencias. Las anécdotas, ya sean de videoclub de barrio, viendo películas no recomendadas para su edad, o ridículas veleidades de actorazas como Judi Dench o Isabelle Huppert, al lado del desarrollo de una tarea harto compleja y cambiante, reflejan una pasión infatigable e inimpostable por «lo suyo». 

De hecho, junto a apreciables pasajes que desentrañan como la distribución de películas y series se ha transformado —de la compra cual bazar al streaming algorítmico pasando por las teles privadas— de manera abisal en apenas tres décadas, lo personal acaba «robando», a mi juicio, las mejores escenas del libro. Y es que los capítulos donde Ripoll aborda sus pinitos y frustraciones creativas son de lo más interesante. El espectador que aspiraba a convertirse en cineasta pero cuyas inseguridades —y cierto demoledor profesor invitado a la ESCAC— iban a echarlo todo al traste. Hasta que otra puerta —género de aventuras, sin duda— se abrió…
 
Esa dedicación a Filmin, videoclub online con mucha más personalidad y amor por el cine que sus rivales —seguro que su padre estaría orgulloso—, se cobra cierto peaje. Lo dice el propio Ripoll al comenzar el libro y el texto lo trasluce. Algo se pierde en ese periplo del puro placer a la dura profesionalización. Sin embargo, me gusta la receta escogida para contrarrestar el desánimo. Tan sencilla como lógica a tenor de lo leído. Hablar de, recomendar, rezumar, compartir películas. Uno no va a acercarse al slasher o la filmografía de la Hammer a estas alturas. Pero entre las comentadas a lo largo de la obra y las veinticinco listas armadas en el corolario final, Videoclub es una sonora invitación a ver cine, además de una sugerente lectura. Y, parafraseando a Alvy Singer, seguimos necesitando los huevos…