Clasicazo y primer “enfrentamiento” de un servidor con la obra escrita del insigne Arthur Miller, gracias al rescate de Tusquets del texto original de Vidas rebeldes —originalmente publicado por la editorial en la compilación de relatos Ya no te necesito, bajo el nombre Los inadaptados— con motivo del centenario del nacimiento del dramaturgo neoyorquino.

Vidas rebeldes es una novela de 1961, aunque seguramente la adaptación cinematográfica que hizo John Huston de la obra en el mismo año sea mucho más conocida, al reunir en la pantalla grande a tres actores míticos como fueron Clark Gable, Marilyn Monroe y Montgomery Clift, en un film que les despojaba de sus auras de estrella para interpretar al trío protagonista de una historia oscura, crepuscular, amarga y sorprendentemente cercana a su realidad vital en ese momento, desoladoramente premonitoria. Gable, enfermo, moriría tres días después de finalizar el rodaje. Apenas unos días antes, el matrimonio de Monroe con el propio Arthur Miller llegaba a su fin, sumiendo a Marilyn en una profunda depresión que la llevaría a la clínica psiquiátrica Payne Whitney, anunciando su trágico final en agosto de 1962. Finalmente, Clift estaba tan enganchado a las drogas por aquél entonces que incluso la propia Marilyn definiría su lamentable estado como “la única persona que conozco que está peor que yo”. En definitiva, una obra, texto y película, absolutamente maldita.

Vidas rebeldes es, en una palabra, el ocaso. El último estertor antes del anticipado final. Nos situamos en Reno, la “capital mundial del divorcio”, donde Roslyn está a punto de poner fin a su fracasado matrimonio. Es una auténtica belleza, irresistible para los hombres, pero al mismo tiempo un pozo insondable de infelicidad: insatisfecha, profundamente dañada y decepcionada por los avatares de una vida que no le ha permitido sentirse parte de nada ni confiar, mucho menos amar, a nadie. Allí conocerá a tres hombres, Gay, Guido y Perce, tres vaqueros “fuera de foco”. Los dos primeros, mayores y voluntariamente medio aislados en los duros alrededores del desierto de Nevada, malviven con trabajos propios de cowboys: cazando caballos salvajes para venderlos. Mientras, Perce es el joven impetuoso que no sabe hacer otra cosa que participar en rodeos para ganarse la vida. Son personajes de otro tiempo. Pasado.

Arthur Miller no se anda por las ramas para hablarnos de este cuarteto de “almas en pena”. Él mismo calificó el texto como un híbrido “no del todo guión, ni del todo novela”, por lo que podemos decir sin miedo a ser acribillados que como novela Vidas rebeldes se queda corta y adolece de un mayor desarrollo en los personajes masculinos o de unas transiciones más creíbles entre “escena” escrita y la siguiente. En cambio, como guión, me parece muy complicado de mejorar. Su maestría radica en su habilidad para crear una obra introspectiva a más no poder sin necesitar monólogos interiores o narradores omniscientes. Todo es trama, nada es accesorio, y los sucesos que acontecen, junto a los espléndidos diálogos, nos revelan más de los personajes que cualquier disquisición de páginas y páginas. Casas que no vale la pena reconstruir. Caballos que antes se vendían para trabajar o competir en las carreras y ahora son carne de matadero. Perros asustados ante amos convertidos en cazadores. Cada página, cada palabra, cada acción parece decirle al lector “nuestro tiempo pasó”.

Por supuesto, el trío masculino desea y compite por Roslyn. Pero hay algo patético y desazonador en esa lucha. No es amor, es un asidero, un clavo ardiendo que esperan les saque de sus varadas existencias y les de un nuevo rumbo. Algo que Roslyn no quiere ni puede ser. Sin duda el personaje más complejo e interesante de la novela —y con mucho, también el mejor papel de Monroe en su carrera cinematográfica—, es inevitable pensar que Miller lo creó con su entonces esposa en mente. Y el resultado es tan aterrador como adictivo para el lector. Roslyn es testigo y parte enfrentada a una mentalidad y maneras de hacer más arcaicas y simples, donde la violencia y la rudeza es parte indisociable. El choque entre su sensibilidad y el hacer pretérito de tres tipos desplazados y atrincherados en un modo de vida condenado a desaparecer es fascinante. Hay algo honesto y, al principio, casi esperanzador en ello. Un lugar donde cobijarse, lamerse las heridas y, quizás, comenzar de nuevo. Sin embargo, pronto nos damos cuenta que estamos ante un brindis al sol, el canto del cisne de los desesperados, todavía demasiado orgullosos para rendirse. Que luego, tristemente, la vida real imitase al arte o, al contrario, el arte imitase a la vida, queda a decisión del lector.