Felizmente, parece que 2025 va a ser un gran año respecto a la cosecha de libros de relatos. Varios en la agenda, un par ya reseñados y otros a punto. Caso de Victoria sobre Japón, la obra más conocida y laureada de Ellen Gilchrist, publicada por Hermida Editores. Catorce historias interconectadas de forma libérrima, con una refrescante viveza y un sentido del humor mordaz que, al mismo tiempo, concitan una aguda observación a sus protagonistas y su microcosmos social. Un puñado de mujeres sureñas, de clase media o alta, en diversas etapas y situaciones —a menudo atolondradas, insensatas— vitales. 

Nacida en Vicksburg, Misisipí, en 1935, Ellen Gilchrist pasó parte de su infancia en la plantación de sus abuelos. Se licenció en Filosofía y estudió escritura creativa en el Millsaps College —con la gran Eudora Welty— y en la Universidad de Arkansas. Allí obtuvo una maestría en Bellas Artes y, posteriormente, ejerció como profesora de escritura creativa y ficción contemporánea. Su obra, ingente y diversa, comprende una treintena de libros entre novelas, relatos cortos, diarios y poemas. Entre ellos, destacan Los papeles de Anna (1988; Hermida Editores, 2024), Net of Jewels (1992) y A Dangerous Age (2008), y Victoria sobre Japón (1984), galardonado con el National Book Award. Falleció de cáncer de mama en enero de 2024.

Los relatos de Victoria sobre Japón se agrupan en cuatro bloques, tres de ellos respondiendo a su personaje central. El primero, «Rhoda», compuesto por tres historias, quizás sea la punta de lanza de la colección. Porque la indescifrable Rhoda Manning es una creación formidable. Irritante, veleidosa y antojadiza. Una contradicción permanente. Y, sin embargo, Gilchrist logra que empaticemos con ella a través de sus heridas emocionales, visibles en los momentos más inesperados e impulsivos —kamikazes—. Además, la tríada formada por «Victoria sobre Japón», «Música» y «La plaga de mulas libres de gravedad»… conforma un magnífico fresco condensado de media vida, ya que nos la muestra respectivamente de inquisitiva niña, recalcitrante aunque soñadora adolescente y adulta metida en un asunto bastante turbio.    

Después llega un conjunto más disperso bajo el revelador título de «Locos, locos, ahora los hay por todas partes», cuatro cuentos situados en una asfixiante Luisiana. Con hallazgos memorables como el planteado en «Contemplé el río Jordán», donde la crítica literaria del diario local se topa con la autora de su última reseña en el espacio más improbable. Comportamientos harto estrambóticos y erráticos, como las amigas de «Los diáfanos confines del paraíso», obsesionadas por la dieta. O los desasosegantes «Defensor del pequeño Falaya» —rara avis del volumen al protagonizarlo un hombre, Lenny Weiss— y el que da título a esta tanda, marcado por las idas y venidas de una loca certificada, «oficial». Personas varadas en su aburrimiento, compulsiones o dilemas. 

En tercer lugar tenemos la sección de «Nora Jane», la más breve con sólo dos historias, «Budas de Jade, puentes rojos, frutos del amor» y «El bollo de la felicidad». No obstante, son cincuenta páginas de una pegada indeleble. En el marco de una San Francisco mitad beatnik mitad fantasmal —por ilusoria, de cartón piedra— conocemos a Nora Jane Whittington, una joven propulsada a la ciudad por la desesperación y el romanticismo… Sin olvidar un pasado reciente del que huir apuntado en la nota previa de Gillchrist. Su periplo emocional y vital, entre dos amores y la búsqueda de la propia identidad, nos es narrado con un marchamo más clásico, sin apenas espacio a la ironía, con una escena final brillante. Mostrando a una autora dominadora de cualquier registro.

Remata Victoria sobre Japón el quinteto de relatos de «Crystal». Éstos, de títulos tan enrevesadamente largos que son casi microrrelatos, son los más abiertamente divertidos y disparatados del lote. Porque las peripecias de Crystal Weiss y su adinerada familia son de aúpa. Unos liantes —atentos a la estafa de la cacería del hermano— con tanta querencia por el drama como por el alcohol. Aunque, en realidad, más que la apasionada y pirada titular, quizás la verdadera protagonista sea nuestra narradora, su criada negra Traceleen. Una perspicaz observadora a través de la cual Gilchrist desmenuza el vacío existencial de los pudientes. Y, a la vez, ejerce de jocoso contrapunto de cordura y discreción en medio de tanta imprudencia y disfuncionalidad.

Victoria sobre Japón ha sido una rotunda sorpresa. La impresión inicial, algo caótica, da paso a una colección que posee una cohesión inextricable, profunda. Ellen Gilchrist se ríe o tira con bala a sus personajes y entornos… Sin embargo, éstos resultan cercanos y tangibles, psicológicamente estimulantes y complejos. Humanos pese a, o precisamente por, sus tremendas exageraciones, involuntarios actos cómicos, contradicciones y frecuentes pérdidas de raciocinio. Su prosa es singular, espontánea y genial en la captura de la oralidad —qué bien le aguanta el tipo José Luis Piquero en la traducción—. Con diálogos rebosantes de colmillo y ternura, en sintonía con su maestra Eudora Welty o Lucia Berlin. Una certera satirista de fondo benévolo capaz de condensar vidas enteras, iluminaciones y verdades en lo risible, extravagante, temerario o aparentemente nimio. Gran descubrimiento.