Las mayores virtudes de un cineasta como Paco Plaza son su inteligencia, su originalidad y su amor por el cine de género. En la terrorífica [Rec] (2007) -firmada junto a Jaume Balagueró– mezclaba el found footage con los zombies -o infectados- adelantándose incluso al mismísimo George A. Romero, que lo haría simultáneamente con El diario de los muertos (2007). En la divertidísima [Rec3]:Génesis (2012) se atrevía con una comedia terrorífica, en la línea gamberra de Posesión Infernal (Sam Raimi, 1981) incrustada en un escenario tan costumbrista como una boda española, a modo de retrato de nuestra sociedad. Con Verónica, sin embargo, creo que esa misma originalidad juega en contra de un film que no encuentra su identidad.

El planteamiento no puede ser más convencional: la joven que da nombre al título (Sandra Escacena) decide jugar a la ouija durante un eclipse, lo que, obviamente, parece abrir las puertas de lo desconocido. A continuación, asistimos a una serie de fenómenos extraños, en la línea de Poltergeist (1982). Y es entonces cuando la historia se pierde en demasiadas direcciones. Verónica se enfrenta a un duro proceso de maduración, exigida por la responsabilidad de encargarse de sus tres hermanos pequeños mientras su madre (Ana Torrent) regenta un bar. Esta carga, en un momento conflictivo como la adolescencia, da lugar a un relato de terror psicológico -recordemos, por ejemplo, Repulsión (Roman Polanski, 1968)- cuyo desenlace es bastante previsible. Al mismo tiempo, Plaza se esmera en salpicar su historia con todo tipo de referencias a la época en la que se desarrolla la historia, unos años noventa representados por canciones de Héroes del silencio, anuncios de televisión del momento, partidos del Rayo Vallecano y juguetes como el Simon. Estas referencias costumbristas -y nostálgicas- acaban interfiriendo en el film, poniendo en peligro su tono terrorífico: al menos a mí me chirría que una monja ciega hable de torrijas, la elección de la canción para la sesión espiritista, o que el nombre de uno de los niños sea “Antoñito”. Por otro lado, esos niños son tan naturales y entrañables que arrastran la historia hacia derroteros distintos a los de una película de terror que, lamentablemente, no produce demasiado miedo ni consigue elaborar su propia mitología (probablemente ni lo intenta). La música, utilizada de forma muy original, tampoco ayuda a crear la atmósfera necesaria para la inquietud. Lo peor es que todo esto parece empaquetado en lo que se revela como un exploit del cine de casas encantadas de James WanExpediente Warren: El caso Enfield (2016)-. Precisamente, los mejores momentos de esta película se deben a la soberbia puesta en escena de Paco Plaza, lleno de ideas interesantes y de imágenes evocadoras, aunque no necesariamente aterradoras.

Verónica es una película única, muy original, pero poco terrorífica, cuyo giro final se ve venir y está torpemente apoyado en una ráfaga de flashbacks explicativos que dan paso a un epílogo que narra los supuestos hechos reales en los que está basada esta historia, recogidos en un informe policial. Verónica se queda a medias entre el misterio de un coleccionable de kiosco de los archivos de Jiménez del Oso -eso habría sido novedoso- y la pirotecnia del terror de Hollywood. Una última reflexión ¿No es un spoiler venderla como una película de posesiones?