Veneno

La serie de España

Se puede decir que estamos viviendo un momento importante en cuanto a la ficción en televisión: probablemente hay más series que nunca y, en consecuencia, una buena cantidad de productos de calidad. En España también se ha disparado la producción de series de éxito internacional y de excelente factura. Y dentro de esta ‘edad de oro’ televisiva, me permitiréis destacar a Veneno, para mí la serie más importante de los últimos tiempos en nuestro país. Javier Ambrossi y Javier Calvo han contado con los recursos necesarios para contar la historia de Cristina Ortiz, conocida como ‘La Veneno’, una mujer transexual que tras sufrir todo tipo de prejuicios tuvo que prostituirse, se convirtió luego en un personaje mediático gracias a la llamada telebasura y acabó siendo un juguete roto. Hasta ahora, nadie se había interesado por Cristina: un personaje chabacano, relacionado con la telebasura, fácil de despreciar. El primer acierto, por tanto, de los Javis, es haber visto en ella un símbolo y un reflejo de nuestra sociedad, sin prestar atención a los prejuicios de los que no saben distinguir la realidad de la ficción. Se convierte así la biografía de Veneno en un vehículo perfecto para las intenciones de los autores. El otro acierto, que aumenta el alcance de la propuesta, es jugar a la ficción dentro de la ficción, o a la metaficción si lo preferís, dándole el protagonismo a Valeria (Lola Rodríguez), personaje inspirado en Valeria Vegas -que por supuesto hace un cameo-, autora de la biografía en la que se inspira la serie. Con este hilo conductor, nos hacemos partícipes del conflicto personal de Valeria, también una mujer trans, cuya perspectiva es importante para identificarnos con lo que nos cuentan. Desde los ojos de Valeria vemos sobre todo a la propia Veneno -un personaje tan grande que tiene que ser interpretado por varios actores y actrices- que aparece mitificado en su momento de esplendor, humanizado en su infancia y adolescencia, ensombrecido en sus momentos más bajos.

La historia de Valeria, humana y cercana, sumada al morbo y el escándalo de la de Veneno serían suficientes para un producto entretenido. Pero los Javis han decidido profundizar en cada capítulo de la serie, multiplicando las lecturas de lo narrado. Veneno tiene la capacidad de reflejar problemas sociales y de defender unos valores de igualdad e inclusión que van más allá del colectivo LGTBI. Esta mezcla de entretenimiento y defensa combativa de los derechos sociales convierte a los Javis en alumnos aventajados del conocido front runner Ryan Murphy, creador de Pose, que también retrata el submundo trans en el Nueva York de los años 80 y 90. Nunca antes se habían contado en la televisión española los problemas del que es quizás el colectivo más marginado, desde luego nunca de una forma tan explícita y, por lo tanto, valiente. Esto enmarcado en una filosofía de buen rollo, de igualdad y de libertad presente en toda la trayectoria como autores de los Javis, desde Paquita Salas hasta La llamada. De hecho, podemos ver en Veneno la culminación de una serie de temas recurrentes en la obra anterior de estos creadores: la marginación del diferente, la trastienda oscura de los medios y de la fama, el derecho de cualquiera a perseguir sus sueños y a ser lo que le dé la gana -y a acostarse con quien le dé la gana-.

Pero Veneno no es solo una serie ‘necesaria’, etiqueta que suele utilizarse cuando una obra esconde carencias artísticas apoyándose en ‘hechos reales’ y un mensaje paternalista para la sociedad. Veneno hace gala de un empaque brillante -nunca mejor dicho-. El diseño de producción, el vestuario, la fotografía, el uso de la música y la ambientación de las distintas épocas en las que se desarrolla la trama, todo es impecable y, sobre todo, atractivo. La infancia de Cristina Ortiz -entonces Joselito-, contada casi como una respuesta a Dolor y Gloria de Almodóvar; el retrato de la televisión de los años 90 -hay un precedente en Paquita Salas– como reflejo de la sociedad española de la hipocresía, los prejuicios, pero también de cierta alegría de vivir y con una cierta nostalgia -impagable el momento en el que el decorado de Esta noche cruzamos el Mississippi se derrumba, como la propia vida de Cristina-; la capacidad narrativa para buscar formas originales de contar esta historia, para las transiciones de una época a la otra, el introducir secuencias de animación o utilizar la escenografía como sustituto del montaje; el atrevimiento de mostrar escenas sexuales -la celebración del sexo libre que es el episodio Acaríciame-, de enseñar cuerpos transexuales, penes, muchos penes -quizás acercándose al récord de Euphoria-, mostrando felaciones y eyaculaciones que solo se ven en una película pornográfica, buscando la provocación, sin duda, pero también la normalización; los cambios de tono y de registro, del melodrama al gore -cuando Veneno arranca un pezón a una prostituta rival-, del drama social a la comedia loca de esas mujeres desesperadas, pero maravillosas -como la deslenguada Paca la Piraña- que no paran de soltar tacos muy brutos; y hasta cómo se va en un solo episodio, de la estética preciosista del videoclip al feísmo del undergroundVeneno no tiene un momento aburrido, es puro ingenio y creatividad, un festival de luces y colores que envuelve de forma inteligente el retrato y la denuncia de un mundo sórdido de discriminación e intolerancia. La serie española más valiosa de los últimos años.