La especulación inmobiliaria ya estaba nada menos que en la novela Drácula (1897) de Bram Stoker, una idea que recoge y actualiza con ingenio Oz Rodríguez, guionista y director, en Vampiros contra el Bronx, producción que estrena Netflix. La película coloca al vampiro como símbolo de la gentrificación, en una sátira social evidente, en la que los héroes son un grupo de niños que descubren, por casualidad, la llegada de los ‘no muertos’ para apoderarse de su barrio. Siendo el Bronx un barrio latino -dominicano- y afroamericano, esta película tiene también aires de blaxploitation. El héroe de los chavales no es Van Helsing, sino el cazador de vampiros Blade, creado por Marv Wolfman y Gene Colan, e interpretado en el cine por Wesley Snipes; los ‘chupasangre’ son sujetos caucásicos, más que blancos, pálidos, que además visten ropas caras de diseño que a los vecinos del Bronx, resultan ridículas.

La película tiene gracia, además, en sus referencias a la literatura y el cine vampíricos: la inmobiliaria hostil se llama Murnau -como el director de la seminal Nosferatu (1922)- y lleva en su cartelería la efigie de Vlad Tepes; el trasunto de Reinfeld que interpreta Shea Whigham se llama Polidori, como el autor de uno de los primeros relatos que acuñó las características del arquetipo, en el personaje de Lord Ruthven. Por otro lado, el retrato, casi costumbrista, de la vida de barrio de los protagonistas, los niños Miguel, Bobby y Luis, es lo mejor de la película, un trío que logra ganarnos, si bien replicando las dinámicas de It, de Los Goonies o más pertinentemente, de Jóvenes ocultos. Una pena que Vampiros contra el Bronx fracase estrepitosamente en la primera parte de su enunciado: las escenas de terror, o las de acción que implican a los vampiros, son francamente torpes, a pesar de unos maquillajes más que correctos. Rodríguez no sabe generar atmósferas fantásticas o inquietantes, lo que nos impide recomendar esta película.