El salón de los caídos

De las pocas cosas buenas que ha tenido la pandemia para los amantes del cine es el regreso de las reposiciones: la oportunidad de ver en pantalla grande películas antiguas o que no se habían estrenado en nuestro país. Es el caso de Valhalla Rising, película de 2009 del director danés Nicolas Winding Refn, cuyos trabajos posteriores sí han gozado de distribución en nuestro país tras el éxito de Drive (2011), cinta que le permitió acceder a un público más amplio. 

Winding Refn es un autor peculiar, cinéfilo y algo friki, cuyas obras parten de una propuesta de género -el thriller, la acción, el terror- para luego cobrar forma bajo una mirada de autor en la que se le da prioridad a una estética muy potente. Es el caso de Valhalla Rising, que podríamos encuadrar en una película de ‘vikingos’ o de aventuras medievales -el director dice haber concebido la idea cuando tenía 17 años- en la que un violento guerrero mudo y tuerto -encarnado por el actor de moda, Mads Mikkelsen– se enfrenta a un mundo desolado, de fríos paisajes inabarcables en los que viven hombres casi salvajes, bárbaros sin rumbo que siempre recurren a las armas para resolver sus conflictos. Esto en cuanto a la idea de base, porque la narración adopta una forma casi contemplativa, con largos planos en los que Winding Refn se recrea en los paisajes de montañas, lagos y ríos -la película fue rodada en Escocia- y en los rostros de sus actores, convertidos también en terrenos a explorar. Más que narrar, Winding Refn plasma ‘cuadros’ que, la verdad, merecen una pantalla grande. Eso sí, la película tiene un desarrollo más bien reposado, a pesar de un itinerario ágil en el que los personajes se mueven constantemente y de las cruentas batallas que se producen. Por cierto, no se escatima en detalles gore cuando se producen las muertes de los combatientes, que caen degollados, destripados o con la cabeza abierta. 

Siguiendo los pasos de Sergio Leone en sus western o de George Miller en la saga de Mad Max, Winding Refn nos presenta a un hombre sin nombre cuyo único rasgo humano es perdonarle la vida a un niño. El director menciona también referentes como Andréi Tarkovski y Alejandro Jodorowsky –El topo (1970)- porque define su película como un film de ciencia ficción sin ciencia, existencialista, que permite a los protagonistas un viaje imposible que provoca el choque total de culturas y religiones: la cruz de los cristianos contra el deseo de morir luchando de los paganos. Solo así se accede al salón del Valhalla.