Sigo en mi semana de lecturas «singulares». Bueno, a decir verdad, Vacas, del norteamericano Ronald Sukenick, es mucho más que una rareza literaria. Porque la novela que han publicado a pachas Malas Tierras y Underwood es una astracanada de tomo y lomo, con elementos de relato detectivesco, ciencia ficción, western, evidente carga sexual —en fin, ¿porno?—, comedia, cultura pop, y el más puro absurdo en general. Un dislate rocambolesco para contarnos cuán tarado y siniestro es el «Sueño Americano».

Escritor y teórico literario, Sukenick nació en Brooklyn, Nueva York, en 1932. Estudió en Cornell y se doctoró en Literatura en la Universidad de Brandeis. Pionero del posmodernismo, tuvo una prolífica carrera, con una docena de novelas entre las que destacan Up (1968), Out (1973), 98.6 (1975), o esta Vacas (2002), varias colecciones de relatos y libros de teoría literaria. Además fundó la editorial alternativa Fiction Collective —hoy Fiction Collective 2— y la revista experimental American Book Review. Murió en Nueva York en 2004 a causa de una miositis. Un autor de culto convencido de la «muerte de la novela», decidido a asesinarla…   

Pero primero, vamos a intentar armar una especie de sinopsis de la novela. Tomando como punto de partida un hecho real, el luctuoso asesinato de la reina de la belleza infantil JonBenét Ramsey en 1996, Vacas nos sitúa en Boulder, Colorado. Ahí conocemos a Jim Vaca, granjero y mecánico preocupado por la incomprensible muerte después de varias de sus vacas. Para intentar averiguar qué hay detrás de los decesos bovinos, se hace con los servicios de un investigador neoyorquino, primero de los infinitos malentendidos de la obra, ya que nuestro co-protagonista en realidad es un docto indagador… de la obra de Edgar Allan Poe.

¿Confusos? Tranquilos, acabamos de empezar. Porque a medida que el contratado investigador interactúa con los habitantes del pueblo —la República Popular de Boulder— y sus pesquisas avanzan a trompicones, éste se ve envuelto en una suerte de conspiración donde hay de todo. Fugas de plutonio en centrales nucleares descompuestas, traficantes de piel y órganos, agentes de la CIA, mercenarios, narcos, videntes, representantes gubernamentales, líbido desbocada, clínicas de clonación… Una pesadilla surrealista en la que solo nos falta un asaltante al capitolio disfrazando de búfalo o una loca diciéndonos qué libertad es ir de cañas. 

¿Hacia dónde nos quiere llevar Sukenick? Si el lector pretende encontrarle un sentido a este caleidoscopio alucinado con difusas hechuras de thriller, lo lleva crudo. Vacas, uno se da cuenta apenas empezada la vertiginosa novela, no busca armar una trama que desemboque en un desenlace coherente. Más bien es una maniobra de evasión literaria de principio a breve fin —apenas doscientas páginas, pero estupenda labor en la traducción de Ce Santiago para no perder el oremus en medio del dislate—, que enorgullecería a Richard Brautigan y Kurt Vonnegut, y a través de la cual el autor dispara un sinfín de andanadas sobre su país. 

Porque Vacas, sin ánimo de pontificar ni albergar la denuncia en su desarrollo, no deja títere con cabeza. Construida en base a equívocos, teorías conspiranoicas, sospechas y perversiones que se salen de madre, Ronald Sukenick parece decirnos: la vida en Estados Unidos, y los valores en los que, supuestamente, se basaban, se fueron al garete —¿existieron en realidad?—. No olvidemos que hace veinte años, cuando se publicó la novela, George Bush 2 —la triste secuela— ya ejercía de presidente en detrimento de Al Gore tras el «asuntillo» aquel de Florida. Si miras el panorama «desde fuera», como si leyeras una novela, no tiene ni pies ni cabeza. Entonces, y ahora, la locura como síntoma del inminente desastre.

La sucesión de acontecimientos ¿azarosos?, entre lo lúbrico, lo criminal y lo paranormal. La mordacidad en los constantes diálogos de sordos. La sensación de ensoñación, de irrealidad, del conjunto. De forma inesperada, hay mucho en el desatino de Vacas que resulta especialmente apropiado, casi en perfecta sintonía, con los tiempos que corren. Cada vez más disparatados. Cada vez más histriónicos. Cada vez más irremisiblemente idos. Cierto, no se entiende nada —¿cómo en la vida real?—. Pero, al menos, su lectura invita a dejarse llevar… mientras uno ve el mundo arder.