La única diferencia entre una película de terror y Utoya es el conocimiento de que esta última está inspirada en hechos reales, que conmocionaron a la opinión pública hace 8 años. La cinta del noruego Erik PoppeMil veces buenas noches (2013)- adopta el formato del subgénero del found footage, del ‘metraje encontrado’, aunque sin hacer uso de su coartada argumental.

Aquí, una cámara subjetiva se mueve constantemente alrededor de los personajes, que corren por sus vidas en el campamento de verano en la isla noruega, y que incluso se parapeta como ellos para cubrirse de las balas, por lo que el espectador acaba convertido en una víctima más en esta recreación del terrible atentado del 22 de julio de 2011. La joven protagonista, Kaja (Andrea Berntzen) -ganadora del premio noruego Amanda, a la mejor actriz- vive la sorpresa, la incredulidad, y el terror delante del objetivo. Kaja experimenta también el dolor, la pérdida y por supuesto, se enfrenta cara a cara con la muerte.

Todo esto contado en plano secuencia, en tiempo real -72 minutos de horror- sin concesiones y sin pausas. Lo que supone el reto técnico de hacer una película en una sola toma, lo que conlleva coordinar a decenas de actores y técnicos en una auténtica coreografía del horror y la muerte. Poppe nunca menciona al asesino por su nombre -así que tampoco lo haré yo- pero establece su aterradora presencia con las sonoras detonaciones de sus armas, que nunca cesan, manteniéndonos en tensión durante todo el metraje y llevándonos al agobio y la desesperación. Lo que diferencia a Utoya de una película de terror con asesino en serie, es que sus jóvenes víctimas no se preocupan solo de divertirse, follar y emborracharse, sino que hablan de política, del dolor de sus familias y del futuro que muchos de ellos ya no conocerán. Quiere Poppe que su película sea un aviso del pensamiento cada vez más extendido de la ultraderecha en Europa: ese que solo se ocupa de crear enemigos.