El manager Levon Frankland advierte el talento cuando lo tiene enfrente, capta que hay carácter y ganas de hacer buena música en los corazones del bajista Dean Moss, el guitarrista Jasper de Zoet, que ya tocan juntos en grupos de rock y blues, y en el dúctil batería de jazz, Peter «Griff» Griffin. La última incorporación será Elf Holloway, teclista y cantante de folk. Los cuatro proceden de clases sociales diferentes, pero por algún motivo se avienen casi de inmediato. Salvo Griff, el resto compone y canta. 

Más allá de sus conocimientos musicales, el gran acierto de David Mitchell (1969), en esta su octava novela, consiste en el retrato que hace de un momento muy concreto, el Londres de la segunda mitad de los años 60. Para hablar de esa realidad «ficciona» personajes reales y da vida a protagonistas inventados. En la trama empieza a coger color cuando un manager de Toronto decide tomar la temperatura, durante una temporada, a la escena londinense. 

El cuarteto, que por fin ha escogido un nombre, Utopia Avenue, empieza a darse a conocer, y Frankland los pasea por todas las reuniones sociales y fiestas de postín en que la aristocracia y las bellas artes suelen hacer buenas migas. David Bowie, entonces tan ignoto como el grupo; Syd Barrett, con su primer elepé con Pink Floyd, o Brian Jones, que ya conocía a Jasper, les dan consejos. También Sandy Denny y Marc Bolan. Y Jimi Hendrix. La relación de admirados crecerá cuando vayan a Estados Unidos. De Janis Joplin a Joni Mitchell y Jerry Garcia.  

La narración de Utopia Avenue (2020; Literatura Random House, 2002) va más allá de la gastada trilogía de sexo, drogas y rock and roll. Las diferentes escenas se definen y desarrollan a partir de la audacia de los retratos personales. Sobre ellos pivotan la ambición, la codicia y un sentido de la inocencia bastante inusual para luego abrazar todo lo contrario. A trompicones, alcanzan la madurez. En California descubren que el sol es vida. Y la psicodelia, emocionalmente legítima.  

Uno de los hilos narrativos de la novela es la psique de Jasper, guitarrista de calidad contrastada, que sufre lo que no está escrito para amoldarse a su inestable salud mental. En una rueda de prensa, una periodista inquiere: ¿las canciones pueden cambiar el mundo? Jasper se lanza: «las canciones no cambian el mundo. El mundo lo cambia la gente». Hace una extensa y detallada declaración, en la que cabe pensar que el autor participa de ese pensamiento, para rematar que a las personas les afectan las ideas y los sentimientos. «¿Y qué pasa entonces? Pues pasan las ideas y los sentimientos. (…) Si una canción planta una idea o un sentimiento en una mente, ya ha cambiado el mundo».     

Mucho antes de esas declaraciones, el escritor desmenuza, desde una visión desacomplejada y realista, aquello que siempre se ha llamado pobreza y ahora se etiqueta como precariedad. La vida en Londres de Dean transcurre entre la hostelería, su habitación en casa de una mujer que alquila habitaciones y una escena musical cutre de antros, managers abusadores y audiencias alcoholizadas, deseosas de armar bronca, hasta que conoce a Jasper. Y Giff, que no está mucho mejor en la escena del jazz, pide a quien le quiera escuchar un sofá prestado para pasar la noche. Además, el mundo de Jasper dará un vuelco y aprenderá mucho de una jovencísima e inquieta fotógrafa. 

Elf supone un caso bien distinto. La cantante de folk se ha educado en un estricto confort. Es una privilegiada. Además, compone canciones, una de ellas es un éxito en Estados Unidos, cosa que le permite comprarse un apartamento en el Soho londinense. Con su hermana menor hacen frente común al status quo materno. A pesar de que Elf no tiene las cualidades para ejercer de tiburón dentro de la pecera familiar. Será su hermana pequeña quien la ayude a hacer trizas esa urna. De lo contrario, no será ni mujer, ni libre, ni persona, ni nada. Su música y su querida hermana, le indicarán el camino. 

David Mitchell, que ha declarado que Utopia Avenue es la banda que le hubiese gustado que existiera, recrea de modo realista el sueño de un cuarteto que duró poco. El mimo que dispensa a «sus» músicos resalta la intensidad con la que viven una época de cambios. Pero los avances sociales urdidos en la vieja Inglaterra se fueron al garete con la caída de las hojas del calendario. Los años 70 serán otra cosa.