Ganadora del premio José María Forqué en la categoría de Cine y Educación en Valores, Uno para todos reincide en un esquema que resulta familiar, el de un docente poco ortodoxo, enfrentado a una clase con alumnos problemáticos, cuyos conflictos nadie más había podido resolver.

El héroe llega de fuera, arregla el entuerto y, en el más puro estilo del western, sigue su camino, tan solitario como antes. 

Uno para todos, dirigida por David IlundainB, la película (2015)-, descansa sobre los hombros del nominado al Goya David Verdaguer, excelente en su papel de profesor suplente, hastiado del sistema educativo y de sus funcionarios con plaza, pero dispuesto a llegar más lejos que nadie para ayudar a sus alumnos.

La película toca varios de los problemas que pueden vivir los adolescentes: cáncer, acoso escolar, la integración de los inmigrantes, pero sobre todo pone el acento en cómo un profesor con mano izquierda, interés y algo de imaginación puede motivar a los jóvenes más allá de los planes educativos.

Creo, sin embargo, que la película no encuentra el equilibrio adecuado entre ser un drama social sobre las deficiencias del sistema educativo público -subgénero cinematográfico en el que se han especializado los franceses tras La clase (2008) de Laurent Cantet– y un estudio del personaje principal, opción que creo más interesante y novedosa, que hubiera aprovechado todavía más las prestaciones de Verdaguer.