Una mujer fantástica es una de las mejores películas que he visto este año, una historia intensa y brutal que nos compromete totalmente con el punto de vista de su protagonista. Ella es Marina (Daniela Vega), una mujer transexual que se enfrenta al rechazo social más injusto a raíz de la repentina muerte de su pareja, Orlando (Francisco Reyes). Premio al mejor guión en el festival de Berlín y aspirante a representar a Chile en los Oscar, estamos ante una obra contundente que nos mantiene en un estado de congoja constante. Hay que empezar hablando de su título, acertadísimo, evocador y coherente con el mensaje del film: esa mujer existe en la mente de la protagonista, pero es considerada una fantasía, una “quimera”, por los prejuicios de una sociedad machista, conservadora, repugnante. La película tiene el peso de lo real, lo que no impide fugas poéticas y una estética cuidada. El director, el chileno Sebastián LelioGloria (2013)- introduce elementos visuales para apoyar el sufrido trayecto vital de su heroína: los espejos o superficies pulidas que aparecen constantemente reflejando la imagen de Marina, para expresar que estamos ante una confrontación entre la identidad personal y una realidad distorsionada; el breve McGuffin que nos dice que todos los muertos son un enigma irresoluble; los puñetazos que lanza Marina -a un juego de feria, al aire, a un aparato de boxeo- porque es una mujer en constante pelea con la vida; o las escenas metafóricas, de gran belleza, que materializan los sentimientos, sueños, y miedos internos de los personajes: las cataratas de Iguazú; Marina contra la resistencia del viento; la secuencia de baile. Pero sobre todo es necesario alabar a la magnética actriz protagonista, Daniela Vega, que compone una gran interpretación femenina. Una mujer fantástica es una película inolvidable y seguramente irrepetible.