En la emocionante Un blanco, blanco día, el islandés Hlynur Palmason plantea un estudio de la pérdida y del duelo ante la muerte de un ser querido. Una película escrita expresamente para su actor protagonista, Ingvar Sigurosson, que brilla manteniendo contenidas las emociones de su personaje durante la historia y hasta el poderoso clímax.

Estamos ante un hombre roto por el fallecimiento de su pareja, el amor de su vida, que se enfrenta a lo duro que es darse cuenta de que la existencia sigue sin atender a nuestros sentimientos. Las estaciones se suceden en el frío paisaje islandés; las reuniones familiares, alegres y caóticas, continúan ocurriendo, olvidándose, en cierta manera, de los que se han ido. Palmason nos habla en su película de una sociedad, quizás, demasiado civilizada, empeñada en esconder los sentimientos supuestamente negativos como la tristeza, la culpa, y sobre todo la rabia: ese grito que conviene dejar salir, aunque solo sea escuchado por el eco, para evitar estallidos de los que luego nos arrepentiremos. Una sociedad que acepta las contradicciones humanas, tal vez, de manera hipócrita. 

Un blanco, blanco día es poética, dolorosa y hermosa en su exploración de lo que pasa cuando se pierde al ser amado. Pero también es tierna, cálida y optimista cuando pone en pantalla otro tipo de amor, el que hay entre el protagonista y su nieta, interpretada por la hija del director.