Tras polarizar a los espectadores con una primera temporada aclamada y una segunda denostada, True Detective vuelve con una tercera entrega con la visible intención de volver a los orígenes. Quiero dejar claro, primero, que ni la primera tanda de capítulos de la serie de antología de Nic Pizzolatto es una obra maestra intocable, ni la segunda es despreciable en absoluto. Son diferentes, claro, pero, en mi opinión, estamos ante dos estupendas temporadas de una ficción hecha con talento en todos sus aspectos. Eso sí, aquella temporada original contaba con varias ventajas: la sorpresa de la novedad; un personaje muy atractivo interpretado por Matthew MacConaughey en su mejor momento; y un director como Cary Fukunaga detrás de la cámara en todos los episodios, reemplazado luego por realizadores diversos -como Justin Lin y Jeremy Saulnier, entre muchos otros- que no han aportado una impronta visual con personalidad. No puedo dejar de pensar que las malas críticas han pesado sobre Pizzolatto al encarar la tercera temporada, que puede llegar a parecer un remake de la primera. Un poco lo mismo que ocurrió con otra fantástica ficción, Fargo, de Noah Hawley, que en su tercera entrega volvía a las coordenadas de la primera temporada -y del film original- tras una segunda tanda de episodios que se alejaba del planteamiento inicial. Pero cuidado, porque creo que en True Detective esto se debe, por un lado, a una estrategia del autor para recuperar la esencia de cara a los fans, y por otro, para engañarnos (en el buen sentido). Porque, aunque parece que nos están contando algo similar, e incluso se nos presentan vínculos argumentales con la primera temporada, esto es otra cosa. Y espero que decirlo no sea un spoiler.

Nic Pizzolatto vuelve a plantear una desaparición -en esta ocasión, de dos niños- que da pie a una investigación policial. Los protagonistas, de nuevo, son dos detectives. A los personajes interpretados por Matthew McConaughey y Woody Harrelson -estos siguen apareciendo como productores ejecutivos- los reemplazan Mahershala Ali y Stephen Dorff en idénticas funciones y con similar peso dramático. La estructura narrativa aquí vuelve a jugar con tres líneas temporales, que se mezclan desde el primer momento. Primero, en los años 80, ocurre el misterioso crimen; diez años más tarde, algo reactiva una investigación que estaba en punto muerto. Por último, en el ‘presente’, vemos las consecuencias del caso para sus envejecidos protagonistas. El guión nos pide rellenar los agujeros para completar la historia. En aquella primera temporada, el recordado detective Rust Cohle verbalizaba en largos monólogos el sentido de esa narración fragmentada de saltos temporales, apelando a la teoría de las cuerdas, de los universos paralelos, y al eterno retorno de Nietzsche. Aquí, esa función la cumple una demencia senil -un principio de Alzheimer- que sume en la desorientación espacial y temporal al personaje de Mahershala Ali -el detective Wayne ‘Purple’ Hays’-. Una idea similar, por cierto, la acabamos de ver en la fallida Castle Rock, con el personaje de Sissy Spacek, en el mejor capítulo de aquella. Aquí, este recurso resulta magnífico -aunque a veces puedes perderte con tanto salto- dotando de nuevos significados y relaciones a lo que ocurre, y expresando una desesperanzada visión del sentido de la vida humana. Hay que destacar, sobre todo, la asombrosa interpretación de Ali, que da vida a su personaje en tres momentos diferentes de su vida, desde la juventud hasta la tercera edad, de una manera asombrosa y convincente, ayudado por un estupendo maquillaje. No puedo decir lo mismo de su compañero, Stephen Dorff, que tiene que lidiar con pelucas francamente incómodas de ver.

Es verdad que hay cierta sensación de ‘ya visto’ en esta tercera de True Detective, pero también es cierto que todo está tan bien escrito, realizado, interpretado -la extraña música de Keefus Ciancia me ha parecido muy interesante- que creo que no podemos quejarnos. El misterio de las desapariciones es absorbente, con esas extrañas muñecas vegetales y otros detalles macabros -como Halloween- relacionados directamente con el universo infantil. Pero ese inicio, repito, no es más que el gancho para contarnos otra cosa, diferente, emocionante y sorprendente por inesperada. Lo que parecía sórdido, pura oscuridad -la de esa lucha cósmica entre el bien y el mal que planteaba la primera temporada- aquí se convierte en humanidad y en el perdón que solo es posible con el olvido. El final me parece tan arriesgado, como hermoso.