Trabajo sucio, Larry Brown (Dirty Works, 2015)

Hoy no sólo traigo la reseña de un libro más que recomendable, sino también la novela que inaugura una nueva singladura editorial destinada a rescatar obras que pasean por el lado salvaje de la vida, ese tipo de historias que nos enseñan a seres humanos bastante jodidos —bueno, en el caso que nos ocupa, inmensamente jodidos—, escupen verdades, aúllan a la luz de la luna, se calan en los huesos y duelen más que cuatro años de mayoría absoluta. Hoy en Indienauta propongo enfangarnos en este Trabajo sucio de Larry Brown, primera novela publicada por Dirty Works. Presiento que este es el comienzo de una hermosa amistad literaria…

Trabajo sucio, la primera novela que Larry Brown escribió —en 1989, tras una colección de relatos— es el final de un mal viaje. La estación de destino, concretamente las camas de un hospital de veteranos en Mississippi donde los despojos, aterradoramente humanos, dan a parar con sus maltrechos cuerpos y desquiciadas almas. Desahuciados con techo pero muy pocas o ninguna esperanza. En ese peculiar microcosmos es en el que Braiden Chainey y Walter James se encuentran. Dos combatientes de Vietnam. Uno negro y el otro blanco. Uno postrado en la cama durante los veintidós años posteriores a la guerra, sin extremidades —imposible no pensar en Johnny cogió su fusil, que de hecho Brown cita en la novela—. El otro con el rostro completamente desfigurado, padeciendo repentinos y mortificantes desvanecimientos. Dos supervivientes que cada día se despiertan preguntándose por qué les ha tocado seguir vivos.

Pese a la truculencia de la historia y la mínima trama superficial —la relación, si queréis forzosa, de Walter y Braiden en el hospital— Brown obra varios milagros literarios. Primero, no cargar nunca las tintas. El relato de las atrocidades sufridas, el cómo hemos llegado hasta aquí, está en las antípodas del habitual selling the drama, del exhibicionismo de la tragedia. Segundo, el autor no quiere usar la crudeza o la exposición sin concesiones como recurso para impactar al lector, sino para dotar a sus personajes de una sobrecogedora humanidad. No son cínicos, no están compitiendo patéticamente a ver “quién la tiene más grande” —la herida—, a ver quién ha sufrido más, o no quieren regodearse en su miseria. No, y es el “tercer milagro”, a medida que vamos conociendo sus historias y afloran los recuerdos, de la infancia, de las escasas relaciones —otro personaje dañado, un importante elemento conmovedor y tierno en medio del lodo—, del momento de fatalidad que condenó su existencia, vemos surgir la empatía entre ambos. La conexión y los lugares comunes son evidentes —ese escalofriante sur siempre presente—. Pero aquí hay algo más.

Y es que Brown logra simplemente que con el arte de la conversación, mucha cerveza bien fría, algo de marihuana, y la desnuda exposición de los recuerdos —sólo los ocasionales viajes mentales de Braiden por África y sus charlas con Dios truncan el realismo de la novela— Trabajo sucio se transforme tanto en un alegato antibélico sin necesidad de recurrir a soflamas políticas como en una obra sorprendentemente humanista. Por un lado, Braiden encontrará en Walter a su necesario aliado. Por el otro, Walter, en un hermoso y singular canto a la transformación, al cambio, gracias a la interacción con otras personas, reunirá el coraje necesario para seguir luchando. Compasión y valor en medio del desastre, el dolor y la desesperación. La belleza en la galería de los horrores. —Llueve mierda y a veces te cae encima. O le cae al tío que tienes al lado— nos dice Walter. Pero Larry Brown parece asegurarnos que hasta el peor y más asqueroso de los aguaceros tiene un final. La lluvia nunca dura eternamente.

Trabajo sucio incluye además un corolario inesperado. Se trata de Un comienzo tardío, una charla de Brown dada en Tennessee en 1989 sobre cómo se convirtió en escritor, sus influencias, pretensiones y su búsqueda de la literatura auténtica, aquella que define como “poder encontrarme en la página con gente tan real como la que conocía en mi vida cotidiana”. Son apenas diez páginas, humildes, hermosas y apasionadas, que ayudan a entender de donde viene esta novela tan poderosa, cruda y, sin embargo, sensible y compasiva. Menudo estreno Dirty Works. Deseosos estamos ya de enfrentarnos a vuestro segundo trabajo… sucio, por supuesto.