Todos siguen aquí, Liadan Ní Chuinn (Feltrinelli, 2026)

Verano. Época pintiparada para los libros de relatos, que van a proliferar en la sección las próximas semanas. El primero es este Todos siguen aquí, que supone el descubrimiento mayúsculo de la singular, poderosísima voz norirlandesa de Liadan Ní Chuinn, que nos trae Feltrinelli Editores —primera vez, ¡bienvenidos!—. Seis historias que nos devuelven a The Troubles —no puedo evitarlo—, aquí explorados desde un tiempo y perspectiva distintas. El de la generación del alto al fuego, que ha vivido su existencia bajo el silencio de las armas… Pero continúa marcada por la violencia, el duelo y las heridas que aún supuran, abiertas. O han dejado profundas cicatrices como único legado.
Liadan Ní Chuinn nació en Irlanda del Norte en 1998 y firma sus obras bajo seudónimo —femenino, pero sin más información al respecto—, algo que su editorial irlandesa, The Stinging Fly, nos aclara. «Desde el principio, expresó su deseo de publicar su obra bajo un seudónimo y de proteger su privacidad durante todo el proceso de publicación. No hay fotografías disponibles de la autora y Liadan no participará en entrevistas presenciales ni eventos públicos». Todos siguen aquí, su primer libro, ha sido finalista del premio Charlotte Aitken —galardón del The Sunday Times a la mejor obra de un autor joven— y del Irish Book Award en la categoría de premio revelación, y es candidato al premio Orwell 2026.
Los unánimes parabienes son merecidos. Porque Todos siguen aquí es un debut tremebundo. Poco más de ciento cincuenta páginas de una intensidad y arrojo extraordinarias. Una indagación, a cara descubierta, sin miedo a posicionarse, del indisociable vínculo entre lo íntimo y lo político. Y la disección de cómo un conflicto persiste, abierto más allá de los necesarios acuerdos de paz. En lo cotidiano. O en el peso que llevan a cuestas, extenuante, familias y vecinos. En sus huellas, latentes o palmarias. En lo que se calla y se mantiene en silencio. Y en lo insondable. Algo que afecta, sobremanera, a los vástagos que cronológicamente no sufrieron el enfrentamiento armado en sus propias carnes.
El encargado de abrir y sentar las bases de lo que se va a encontrar el lector en Todos siguen aquí es «Vamos todos». En él hallamos a Jackie, joven estudiante sobrepasado, tanto por lo que sucede —y sucedió, el padre muerto— en casa, como por las sesiones anatómicas con las que le toca lidiar en la universidad. Un colapso físico y emocional, evidente frente al cadáver que debe analizar y le provoca náuseas. O en la relación con una madre rota, incapaz de mostrar empatía, cuya «mochila» ha sepultado toda posibilidad de comunicación. Y que Ní Chuinn describe con prosa lacónica y opresiva, de escalpélica precisión —fantástica Magdalena Palmer en la traducción—. Dejándonos atisbar la monumentalidad del iceberg.
No le anda a la zaga el sinuoso «Amalur», una joven irlandesa narrando su experiencia respecto a la familia vasca de su pareja, a la que adora —más que a su novio, ¿de hecho?—, incluida la obligación de mantener en secreto un embarazo juvenil. Texto y subtexto rebosan sutilezas —sobre euskera y gaélico, o cómo surge la sombra de la violencia doméstica— y paralelismos entre ambos países y sus luchas. Igual que «Mary», el trauma de aquello inarticulable —atentos a lo que sucede con su pareja Christy, y hacia dónde bascula la responsabilidad— adoptando la forma de un cuento imposible de trasladar al papel, basado en una inquietante niña que pasa los días, sola, en un bus que nuestra protagonista usa frecuentemente. Y, aún peor, ser comprendido por los compañeros de su taller de escritura. «¿Es un personaje? ¿O es una metáfora?».
Asimismo, el elemento de suspense está bien presente en «Rusia», ambicioso relato en el que se abordan cuestiones como el colonialismo, deshumanización, identidad y adopción. Subtramas de enjundia cuya ligazón, en apariencia, no resulta demasiado sólida… Un personaje central que busca, no sin titubeos, a su desaparecida hermana adoptiva mientras el museo en el que trabaja se ve envuelto en una protesta debido a la exhibición de objetos y cuerpos expoliados, procedentes de antiguas colonias. Sin embargo, Ní Chuinn no hace prisioneros, construyendo un cuento espinoso sobre la culpa, la vergüenza, la pérdida, la aflicción… Y, con diáfana rotundidad, nuestra complicidad.
Sin dejar las temáticas complejas, «La novena» ahonda en el territorio doméstico, familiar, en particular sobre la maternidad y el sacrificio —físicamente doloroso en su fragmento final—. La perspectiva de Ní Chuinn es más caleidoscópica y neutra que nunca —¿quizás la razón de que me llegue menos?—, presentando y alternando personajes —Tara, Moll, Felix, Rita— para componer un fresco sobre errores y accidentes mortificantes —de nuevo, la culpa que reconcome—, con la truculenta sombra de una más que dudosa clínica de fertilidad de fondo. Ya estamos listos para «Daisy Hill», el relato que cierra Todos siguen aquí.
Y es que uno diría que Ní Chuinn nos estaba preparando. Aún lo hará unas páginas más con la historia de Rowan, que desquicia a su familia con su obsesión por los Troubles para acabar, tras una escena pavorosa y un desesperado periplo en ambulancia, en el hospital titular ante otro familiar caído. Y, entonces, llega la coda. «La verdad». Apabullante. Terrible. Los personajes de ficción se convierten en muertos reales. Más de cincuenta civiles norirlandeses asesinados, cuando no ejecutados —cuántos por la espalda— a manos del ejército británico. Expedidos al papel de la forma más imperturbable posible. Sin ambages. Desencadenando la memoria de los muertos y de la violencia provocada por uno de los bandos.
Todos siguen aquí no es el primer libro que explora el duelo, la posibilidad de redención, la carga heredada o la identidad. Pero estos relatos impactan. Por impredecibles. Espeluznantes. Y sorprendentes en su osadía. Ya no sólo por subrayar la invasión, ocupación y violencia sistemática contra un territorio. Sino por desafiar el mantra de lo «pasado, pasado está», injusticia cruel que sumar a las muertes y la opresión. Además, Liadan Ní Chuinn lo ha hecho a través de historias ásperas, tensas. Que te propina irrefrenables bofetones en vez de epifanías. La verdad es dolorosa —tiene causa(s) y causante(s)—, intrincada… y debe contarse. O, sin ir más lejos, muy pronto el genocidio en Gaza será la próxima atrocidad olvidada…