Todo queda en casa, Alice Munro (Lumen, 2024)

Quedamente disponibles, uno se ha ido topando, esporádicamente, con los cuentos de Alice Munro. Sin embargo, nunca había entrado a fondo en la obra de la Premio Nobel de Literatura. Ahora, cortesía de Lumen, satisfago el agravio gracias a la oportuna reedición de Todo queda en casa, antología seleccionada por la propia autora. Veinticuatro historias que «cartografían» la carrera de la considerada gran maestra contemporánea de la forma breve. Y, al mismo tiempo, hacen lo propio con la vida y las relaciones humanas.
La «Chéjov canadiense» nació en 1931 en Wingham, Ontario, como Alice Ann Laidlaw. Tras una infancia —en plena depresión económica— y juventud rural, estudió en la Universidad de Western Ontario. Allí comenzó a escribir, pero su precoz matrimonio con James Munro, seguido del traslado a Vancouver y su maternidad a los veintiuno, dilató su debut hasta 1968 con los cuentos de Danza de las sombras, ganador del premio Governor General’s —el más prestigioso del país—. Desde entonces, Munro fue consolidando una carrera trufada de reconocimientos y creciente notoriedad internacional, especialmente con el nuevo siglo. Su último libro de relatos, Mi vida querida, data de 2012. Un año antes de recibir el Nobel. Y el mismo en el que anunció su retirada de la escritura.
Todo queda en casa entra de lleno en la categoría de «mamotreto», superando las mil páginas —la edición de Lumen es impecable, pero sus dimensiones demandan tapa dura—. Es una antología realmente cohesiva donde, sin caer en lo repetitivo, existen un tono, temáticas y personajes unívocos —factores que quizás hagan preferible no leerlos de golpe—. Publicados originalmente en 2014, tras la «jubilación» de Munro, estos relatos desprenden un aroma reflexivo. Tiene sentido. Además del momento vital de la autora, abundan los cuentos cuyas protagonistas echan la vista atrás, permitiendo al lector toparse con los acontecimientos surgidos de la cotidianidad y las relaciones, fraguadas o quebradas, por las circunstancias.
Generalizando, las historias de la canadiense —en sintonía con las chejovianas— van a contracorriente de esta era de estímulos constantes. Superficialmente, «pasa poco», y la trama es secundaria, aunque su desarrollo pueda extenderse —alguna vez, quizás en demasía—. Se trata de captar el instante de «conmoción». La revelación en las vidas mundanas de sus personajes, casi siempre féminas, a menudo apegadas al entorno rural del condado de Huron, Ontario —aunque no comulgo mucho con la etiqueta regional, de máxima exponente del Southern Ontario Gothic—. A veces, la epifanía es fugaz. Otras condensa, sutil pero inexorable, toda una existencia. Salvo un par de excepciones, la colección transmite una singular serenidad, igual que la prosa de Munro. Las «iluminaciones» exigen su tiempo…
… Pero, si se dispone de éste, Todo queda en casa depara una plétora de momentos a atesorar, además de una notable variedad de registros. De matices. Y es que la antología, igual que la vida, resulta más escurridiza e inasible de lo que parecía. Valgan como ejemplos los cambiantes estados de ánimo en «Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio». De lo retraído, incluso hosco, a la excentricidad romántica de su heroína Johanna, expuesta por una trivialidad. El errabundo comportamiento de Jackson —raro protagonista masculino— en «Tren», fugaz y perfecto observador… como la propia Munro. O la inolvidable pareja de Fiona y Grant en «Ver las orejas al lobo», obligados a redefinir sus apegos y afectos frente al Alzheimer —atentos al inesperado y sugerente cierre del relato—.
Porque, sin caer en sentimentalismos o victimismos, Alice Munro es capaz de abordar cuestiones de lo más espinosas. Las de «Juego de niños» y «Escapada», cuya amenaza sobrevuela todo el relato y atenaza a la desdichada Carla. Las consecuencias del abandono conyugal en «Las niñas se quedan». O las del soberbio «Dimensiones», durísima historia sobre la más demoledora violencia de género que puede ejercerse, la vicaria. Pero que en manos de Munro se transforma en un absorbente estudio psicológico por el que asoman terribles dinámicas de pareja, control y dependencia. Así como las dificultades de rehacer una vida golpeada a semejante nivel.
A Alice Munro aún le quedan más facetas por mostrar en Todo queda en casa. Como el de la ficción histórica, mostrada magistralmente en el reivindicativo «Demasiada felicidad», donde sin dejar de explorar el rol que juega el amor romántico en el periplo de una persona, nos habla de la matemática y escritora rusa Sophia Kovalevsky (1850-1891), ejemplo de mujer empoderada, adelantada a su tiempo. O el obviamente personal «La vista desde Castle Rock», inspirado en su legado familiar: de la Escocia ancestral del XVII al «Nuevo Mundo», pasando por las frustraciones e incertidumbres de sus padres en el Canadá rural de los cincuenta.
Ahondando en esta última senda, hay otro grupo de historias a destacar, escritas en primera persona y, en sus propias palabras, «más cercanas a la verdad de lo habitual». Un cuarteto autobiográfico disfrazado de ficción compuesto por «Mi casa», «Vida querida», más los estupendos «Trabajar para ganarse la vida» y «Los muebles de la familia». A través de los cuales el lector reconoce la forja de un oficio nacido del oído privilegiado, plasmado en sus certeros diálogos. Junto a la curiosidad. Y la voluntad de prestar atención a lo que sucede «afuera». Ya sea ambiguo, grave, ridículo, absurdo, disonante, intransigente, apasionado… Vivo, en definitiva. Igual que en la abrumadora mayoría de estos cuentos.