Siempre sucede. Cada enero, uno se encuentra con ese libro que estuvo cerca de quedarse en el tintero y que, una vez leído, sin duda incluiría entre lo mejor del año pasado. Es el caso de The Young Team, galvánico debut de Graeme Armstrong que nos trae mi querida Automática. Un regreso a la Escocia más virulenta y desesperada —aunque hay espacio para la redención—, la de las bandas juveniles, el crimen y las drogas, gracias a una novela de formación con mucho de autoficción, asqueroso vino barato cafeinado Buckfast, MDMA, música trance y hard techno. Y un personaje mayúsculo, Azzy —otros dirían GraemeWilliams.

Porque la historia de Graeme Armstrong, nacido en 1992 en la localidad de Airdrie, North Lanarkshire, apenas a un puñado de kilómetros al este de Glasgow, hace que la sospechosa expresión «basada en hechos reales» sea una perogrullada. Fue parte de ese submundo de cuadrillas violentas, aunque leer Trainspotting en esa época le animó a continuar los estudios, decantándose por la literatura inglesa. Lidió contra la drogadicción, el alcohol, la salud mental y la pandilla, graduándose con honores en la Universidad de Stirling. Su experiencia acabó volcada en The Young Team, publicada en 2021 para reconocimiento de público y crítica

Son esas mismas coordenadas geográficas —a principios de los 2000, Lanarkshire, liderada por Glasgow y sus ciudades satélite, eran considerados los lugares más peligrosos de Europa— y, sobre todo, ese microcosmos de pesadumbre y rabia donde nos topamos con Azzy Williams. Apenas tiene catorce años cuando se une al Young Team Posse, una de las razor gangs de la zona, en permanente guerra abierta con los Young Toi Boiz por el control del territorio. Inteligente y más afectivo que la media, sin embargo, Azzy es otro adolescente impulsivo y confuso. Tan vulnerable como cualquiera al aburrimiento y la falta de futuro del área, así como a la promesa de camaradería y aventuras que ofrece la pandilla

Valiente y leal hasta el extremo, entre escaramuzas, batallas campales, episodios etílicos, drogotas y raves apoteósicas, así como flechazos y escarceos amorosos, el lector contempla —totalmente abducido por la electricidad, en forma y fondo, de la narración en primera persona— el ascenso de Azzy dentro de la peculiar jerarquía del Young Team. Pero además de tener que lidiar con mayores peligros y decisiones más gravosas, por no hablar de una ansiedad exponencialmente devastadora, Azzy va cuestionándose qué futuro y valor tiene liderar una organización cuyo único destino parece ser el desastre.  

Ahí es donde The Young Team se rebela como una «bestia» de naturaleza diferente. Es deudora, aún más para un escocés —Armstrong lo reconoce sin tapujos—, de la seminal Trainspotting. No obstante, el de Airdrie está más interesado en un realismo que flirtea con la crónica social que en el irresistiblemente cafre y espídico surrealismo de Irvine Welsh. ¿Una combinación imposible? de Sweet Sixteen del gran Ken Loach —nueva referencia capital admitida para el autor—, el Éxodo de DJ Stalingrad —otro Automática imprescindible— y un desarrollo de la trama a lo Carlito’s Way —jamás su título en castellano— en versión juvenil.    

Porque, sobre todo a partir de su segunda parte, Armstrong nos ofrece mucho más que épica y desenfreno idiótico. Retrata unas vidas abocadas al arroyo y al horror a edades demasiado tempranas. Aquí hay cogorzas con consecuencias. Cuelgues festivaleros —la genial «Sorted for E’s & Wizz» de Pulp ampliada en inolvidables capítulos— que implican bajonas y paranoias nada memorables. Heridas y enfermedades, físicas y emocionales. Muertes. Padres quebrados. Paro y desolación en el antiguo corazón industrial del país. Jóvenes jugando a ser los adultos más temibles, cuando en realidad están acomplejados por las estrecheces de su empobrecida clase trabajadora —toda la subtrama de la relación con Mónica habla de ello—. Acojonados por un porvenir más gris que el cielo del norte de Glasgow. 

¿Es una espiral sin fin? Ese es otro triunfo de la novela. The Young Team es también la búsqueda, enmarañada y quebradiza, de una salida. Un relato de superación, de crecimiento, sin edulcorantes ni atajos posibles —cuyo impacto es mayor sabiendo lo indisociable de la propia trayectoria de Armstrong—. Sufrimos lo indecible con los problemas mentales y neurasténicos de Azzy. Con sus intentos por estar limpio. Las dificultades para romper el círculo de violencia de la banda. O los titubeos de su incierto plan «alternativo». Casi una década en la que nuestro protagonista, a base de hostias, pero con inusitada valentía, madura. 

Me queda un tercer factor a destacar en The Young Team. Me refiero a la forma en la que la novela, y especialmente su narrador, se planta sin cortapisas frente al lector. Con un tono crudo y lógicamente malhablado. De una viveza y pegada tan inmediata como incontestable —Armstrong habla de una jerga callejera trufada por las redes sociales, que se convierte en un dialecto incomprensible para el foráneo—. En ese aspecto, hay que aplaudir el trabajazo y los recursos bien empleados —mayúsculas, «acople» de palabras— de Carolina Santano Fernández en la traducción.

Sin embargo, también hay espacio para la reflexión. Incluso una especie de poética puntual, que llega a calar bastante hondo, y que aflora en situaciones tan distintas como la descripción de la pandilla y sus lugares «sagrados». En la geografía arrasada de la ciudad. O en el «ritual» previo a una gran juerga. En esa radiografía social tras la victoria liguera de los Rangers frente al Celtic. En los familiares, amigos y conocidos caídos… Y se corona en esa lapidaria página 441, cargada de orgullo obrero. No tengo dudas, The Young Team es un clásico en ciernes. Azzy boy, aquí uno que no te va a olvidar…