Universo Alan Moore

Alan Moore es una de los grandes autores de ficción de los últimos 50 años. Solo hace falta mencionar su trabajo con superhéroes como Batman –La broma asesina (1986)- o Swamp Thing y, por supuesto, su gran obra maestra, Watchmen (1986), además de creaciones propias como V de Vendetta (1982), From Hell (1989) y La liga de los Hombres Extraordinarios (1999). Si os suenan estos títulos es porque todos ellos han gozado de adaptaciones a la pantalla grande: algunas han sido éxitos, otras, rotundos fracasos. Sea como sea, Moore nunca ha estado contento con la forma en que sus textos han sido convertidos en imágenes, tanto que se ha negado a aparecer acreditado en pantalla e, incluso, se ha negado a cobrar sus correspondientes derechos de autor. Y aunque nunca veremos una nueva adaptación de la obra de Moore -quien se ha retirado de los cómics para dedicarse a escribir novelas, como Jerusalén (2019)- ahora se estrena The Show, en el Atlàntida Mallorca Film Fest, a través de Filmin, su primer guión cinematográfico.

Estamos ante una película muy esperada que permite ver cómo este gran autor desarrolla una historia en un medio diferente al tebeo impreso. Lamentablemente, The Show es una película que solo puedo recomendar a los incondicionales de Moore. La historia es la enésima parodia de un relato detectivesco -pensad en El halcón Maltés de Dashiell Hammett– que sirve de excusa a Moore para introducirnos en un universo configurado según sus obsesiones: el misterio, la magia, las conspiraciones, el teatro, el cine y, por supuesto, misteriosos enmascarados. El problema es que el argumento de Moore parece más apropiado para ser plasmado sobre papel, que en imágenes en movimiento: toda la historia se desarrolla a través de diálogos, la trama no parece bien estructurada, y los personajes -la mayoría estrafalarios- se encuentran unos a otros y establecen relaciones entre ellos sin demasiada justificación. El sano humor del absurdo que impregna todo el relato no es suficiente para evitar que perdamos el interés. A estas carencias dramáticas, hay que añadir que Moore ha conseguido su completa libertad como autor prescindiendo de las grandes ventajas de Hollywood, así que aquí cuenta con presupuesto modesto, con actores desconocidos -no demasiado convincentes- y con un director, Mitch Jenkins, cuya planificación es meramente funcional. Asimismo, la imaginería fantástica que vemos en la película -que se mueve entre la realidad del relato policial, el surrealismo de los sueños y escenarios místicos como el cielo y el infierno- no resulta precisamente deslumbrante. Lo que sí está muy presente en toda la película es la personalidad de Alan Moore, que hace más cameos aquí que Stan Lee en todas las películas Marvel juntas, y hasta se atreve a interpretar a un personaje: un desaparecido cómico -en la típica mezcla de realidad y ficción tan de su gusto- al que ya había dado vida en varios cortometrajes, y que deviene una suerte de demiurgo del relato.