The Rolling Stones, ‘Foreign Tongues’ (Polydor, 2026)

Este álbum –el veinticinco de estudio de los Stones– no va a quitar la razón a quienes se ponen de perfil delante de cada ¿nuevo? disco. Tampoco a los que opinan que Jagger y compañía siguen siendo la mejor banda de rock and roll o hacen lo posible por parecerlo. En una esquina de la conversación están tal vez los más sensatos y elocuentes con la banda británica, aquellos que aseguran que con Tattoo You (1981) se acabó lo que se daba. Los ochenta fueron un conjunto de errores y tropiezos. Los noventa, mejor olvidarlos. Salvo los directos de postín que grabaron. Por algo inventaron el rock de estadio. Y las baladas pertinentes que también aparecen en su nueva producción.
En el siglo XXI, los Rolling Stones eran simples gotas despistadas en medio de un desierto tórrido que admitieron que las ideas se habían agotado. Blue & Lonesome (2016) fue una fuente de sabiduría –por los blues ajenos y oscuros que decidieron rescatar– y un homenaje sincero a la música que siempre han amado y difundido.
Ese sabor crudo regresó para recordar a Muddy Waters en el animado y ecléctico Hackney Diamonds (2023) y ahora para rememorar a Chuck Berry –“la segunda peor pesadilla después de Jagger”, Richards dixit– en este doble álbum, Foreign Tongues, que los más optimistas consideran que Mick Jagger, Keith Richards y el multifacético Ron Wood demuestran que pueden facturar una hora de entretenimiento y de un “aquí y ahora” que se estira, como mínimo a Some Girls (1978) – una muestra pueden ser los rugientes midtempo In the Stars y Divine Intervention o esa balada que esJealous Lover para poner en solfa la música de baile–, como el country rock de afinación abierta de los setenta en Ringing Hollow. Mick Jagger, que mantiene en forma sus registros vocales, es a estas alturas tanto un arquetipo cultural como una estrella del rock clásico seis décadas después.
El error de concepto de Foreign Tongues no está solo en algunas letras todavía por pulir, sino también en que este último álbum se ha diseñado para satisfacer a todos. Es un error de la vida. Para dilucidar esa cuestión ya están los filósofos y, si se prefiere, los poetas. Lareceta stoniana se divide en catorce canciones. El disco nunca se ancla, simplemente se desliza por los mares de rock enérgico en Hit Me in the Head –con el gran Charlie Watts de 2021 todavía presente insuflando su caractéristica pulsión rítmica– y Rough and Twisted. Así como en baladas que suenan a despedida country en Back in Your Life, con la slide guitar de Wood y los teclados de Winwood, y a tristeza en Some of Us, en la gastada voz de Richards. A su vez, Jagger se remonta a sus característicos riffs vocales en Covered In You y Never Wanna Lose You.
Si la grabación funciona no es simplemente por el productor Andrew Watt, que ya intervino en el título anterior. Es por el regreso del bajista Darryl Jones que, aun durmiendo –no es el caso–, no pierde el ritmo, junto con un grande, bastante desconocido para el gran público, que con solo quince años ya triunfaba en los sesenta, Steve Winwood (the Spencer Davis Group, Traffic y Blind Faith), al órgano y al piano Rhodes. El trabajo ofrece una consistencia sonora contemporánea y una versatilidad rítmica que otros roqueros más famosos ni saben, ni pueden.
Sin olvidar al notable batería y productor Steve Jordan. Y al capo de Blue Note, Don Was, siempre aportando detalles y memoria musical. Para cerrar en formato The Glimmer Twins, el grupo escoge Beautiful Delilah, una pieza de 1958, de Chuck Berry, el genuino padre del rock and roll, reduciendo la melodía a un country blues tan etéreo como reconfortante.
Un detalle no menor de esta obra es que Mick Jagger suele tener interés en la presentación de sus discos. En esta ocasión, llama la atención el artwork del álbum firmado por el reputado pintor e ilustrador norteamericano Nathaniel Mary Quinn. Como refleja la cubierta, en medio del fragor de la batalla, el duende de los Stones brilla con luz propia.