Simplemente impresionante la segunda temporada de The Mandalorian, a la que me cuesta mucho encontrarle pegas. Aunque las tenga: cierta falta de riesgo, el fan service descarado y la tendencia al deus ex machina. Pero es fácil olvidarse de todo esto porque la ficción de Disney Plus es entretenimiento y fantasía en su sentido más puro.

El primer episodio, The Marshall, es una entrega espectacular que vuelve a presentar la dinámica de la serie: el héroe llega a un lugar para resolver un problema. Escrito y dirigido por Jon Favreau, el capítulo es pura diversión: el regreso a Tatooine, el sabor a western con los colonos y los moradores de las arenas enfrentados como indios y vaqueros, la recuperación –spoiler– de la armadura de Boba Fett, convertido en marshall del oeste, y ese dragón inspirado en los gusanos de las arenas de Dune que es una clara referencia a Moby Dick -y a Jonás-. Eso y la aparición de Temuera Morrison -quien fuera Jango Fett en las precuelas-. Magnífico.

El segundo episodio, The Passenger, continúa la trama en Tatooine y nos devuelve el Star Wars de muñecos y muppets: volvemos a la mítica cantina, Baby Yoda hace de las suyas, y el personaje episódico es una inmensa lagartija que es puro scifi retro. Una batalla espacial contra un par de X-Wings en plan patrulla espacial nos lleva a lo más cerca que vamos a estar de un cruce entre Star Wars y Alien. Los huevos que encuentran en el planeta helado y la aparición de unas terroríficas arañas dotan al relato de texturas de puro horror. Dirige Peyton Reed –Ant-Man (2015)-. 

La tercera entrega, The Heiress, dirigida por Bryce Dallas Howard, que ya se encargó de un episodio en la primera temporada, demuestra aquí de nuevo su buen ojo con la cámara, con movimientos elegantes y dinámicos, sobre todo cuando la acción se traslada a una enorme nave imperial que transporta un arsenal de armas. The Mandalorian, como la mayoría de las entregas de Star Wars, pertenece al género aventurero, un tono que queda patente en la imagen del barco pesquero surcando un mar alienígena, en el encuentro con criaturas exóticas -los Quarren y los Mon Calamari- en los muelles, el enfrentamiento con monstruos marinos, o el abordaje pirata de la ya mencionada nave. El resto de los episodios se redondea con referencias a la mitología de Star Wars que siguen siendo emocionantes: los jedi, más mandalorianos, los Stormtroopers. Ojo a las conexiones con las series animadas The Clone Wars (2008) y Rebels (2014). 

El estupendo veterano Carl Weathers se pone detrás de la cámara en The Siege, como su título indica, una entrega de acción seca, de tensión mantenida, en el que el Mandaloriano (Pedro Pascal) se une a Cara Dune (Gina Carano) y Greef Karga -el propio Weathers- para el asalto a una vieja base imperial poblada, cómo no, por los acostumbrados Stormtroopers. Eso sí, el argumento está repleto de conexiones con la última trilogía de Star Wars en las que yo, me pierdo un poco. Pero que los interesados pueden encontrar en los foros de Internet.

La otra mente creativa detrás de The Mandalorian es Dave Filoni, director, guionista y productor de la serie animada Star Wars: The Clone Wars. En el episodio titulado Jedi, Filoni recupera a un personaje muy querido de su serie, Ahsoka Tano, que en imagen real adquiere los rasgos de Rosario Dawson. Pero, más allá del fan service, el capítulo es uno de los más oscuros de la serie, que recupera la inspiración de la saga de George Lucas en el cine de samuráis de Akira Kurosawa –Yojimbo (1961)- y en su derivación mediterránea, el spaghetti western de Sergio Leone. Con momentos tan importantes como la revelación del origen y el nombre de Baby Yoda, estamos ante una de las entregas de mayor impacto de la segunda temporada y de la serie. Eso sin mencionar la presencia de Michael Biehn.

Nada menos que Robert Rodríguez firma el episodio The Tragedy un despliegue de acción pura, vibrante, que se hace corto. Tiroteos con Stormtroopers, francotiradores y coberturas en rocas en una colina que recuerdan al buen western. Pero lo mejor, si me permiten, es la (re)aparición de Boba Fett -mi juguete favorito de niño- en toda su gloria, como nunca le habíamos visto -sus apariciones en la trilogía original de Star Wars son muy breves- pero sí como lo habíamos soñado desde pequeños.

The Believer es el mejor capítulo de la segunda temporada de The Mandalorian y quizás de toda la serie. Escrito y dirigido por Rick Famuyiwa, creo que recupera el tono de Rogue One (2016), equiparando el planeta en el que se desarrolla la acción con Vietnam, o cualquier otro país castigado por el colonialismo de las grandes potencias. La trama recupera al personaje de Mayfeld (Bill Burr) que evoluciona para verbalizar un discurso mucho más maduro del acostumbrado en Star Wars: para los nativos del planeta, la Nueva República es lo mismo que el Imperio, un poder invasor. Además, Mayfeld expone un punto de vista inédito en el universo de ficción creado por Lucas: ser del Imperio o de los rebeldes puede depender sencillamente de dónde hayas nacido y de tus circunstancias, una idea apoyada en la celebración que presenciamos dentro de la base imperial, muy similar a las victorias rebeldes que hemos visto desde Una nueva esperanza (1977). A pesar de estas ideas, el capítulo tiene un giro estupendo en el discurso del oficial Valin Hess -interpretado por el turbio Richard Brake– que es la misma esencia del fascismo y que recupera ideas ya expresadas por el personaje de Werner Herzog en la primera temporada.

Para un fan de Star Wars, el último episodio de esta segunda temporada, The Rescue, es una maravilla. Dirigido de nuevo por Peyton Reed, el argumento  vuelve  a ser de acción pura: batallas espaciales, tiroteos con Stormtroopers, y peleas con sables. Destaquemos a esos Dark Troopers herederos de Terminator y el mejor fan service posible: la aparición del personaje más importante de la saga, la del más querido y una escena post créditos que nos transporta de vuelta a El retorno del Jedi. ¿Se puede pedir más?