Un diálogo que compara a Richard Nixon con un proxeneta -con un “chuloputas”- abre la nueva ficción de David Simon dejando muy claro de qué va The Deuce. Simon es el responsable de la mejor serie de televisión de todos los tiempos, The Wire (2002-2008), en la que abordaba el ambicioso retrato de una ciudad -de cualquier ciudad, pero, específicamente, de Baltimore-. Ahora, junto a escritores como George Pelecanos -aquí cocreador- y Richard PriceThe Night Of– el show runner de Treme (2010) nos lleva a los peores barrios de Nueva York, en los años 70. Este escenario de prostitutas, chulos, camellos, policías y mafiosos italianos de poca monta, le sirve a Simon para hacer lo que hace siempre: una crítica feroz del sistema capitalista. Todos los personajes de la comedia humana de The Deuce huyen de algo. Todos están insatisfechos con sus vidas. Y todos creen que sus problemas se resolverían si tuviesen más dinero. Una creencia que evidentemente les convierte en esclavos. Simon y el resto de guionistas nos muestran cómo esta mentalidad capitalista, asimilada por los marginados, lleva a la degradación, la violencia, la deshumanización. La sociedad en sus niveles más bajos. Pero si Simon es un gigante de la ficción -su estatura artística trasciende la televisión- es por su mirada humanista. Por su capacidad para encontrar una solidaridad entre todos estos personajes miserables que produce una empatía sin igual. No hay un juicio moral sobre estos seres que malviven, en su mayoría, al margen de la Ley. Simplemente se les describe como defectuosos, contradictorios, humanos. Y con ellos, vaya si nos identificamos.

The Deuce teje un magnífico tapiz sórdido y realista con una de las mejores ambientaciones que he visto en una serie de televisión: esas marquesinas de cine que anuncian El conformista (Bernardo Bertolucci, 1970) y El pájaro de las pumas de cristal (Dario Argento, 1970); ese plano general que nos deja ver unas torres gemelas en construcción; el humo constante de los cigarrillos consumidos en bares y puestos de trabajo. Sobre este escenario se mueve un elenco soberbio de grandes actores. Empezando por su cara más visible -por partida doble- la del hiperactivo James Franco -que también dirige un par de episodios- que da vida a los hermanos gemelos Martino. Uno es un emprendedor avispado pero responsable, honesto y con don de gentes, que vive en la tenue frontera entre el bien y el mal; el otro es un sinvergüenza ludópata, en principio menos interesante, pero que va ganando algunos matices conforme avanza la trama. Luego hay que alabar a la prostituta feminista que es Maggie Gylenhaal, Candy, auténtica madre coraje, con una presencia, una fuerza y un atractivo difícil de superar. Veremos si se acuerdan de ella en los Globos de Oro y los Emmy.

A estos protagonistas hay que añadir un reparto coral. Primero, los variopintos chulos encarnados por Gbenga Akinnagbe, Method Man, Tariq Trotter o el hippie Matthew James Ballinger. De ellos hay que destacar lo diferenciados que están sus personajes, que en otras manos habrían sido meros estereotipos: afroamericanos, proxenetas, machistas, explotadores sexuales. Resalta el retrato de C.C (Gary Carr), un chulo capaz de soñar con sentar la cabeza, con tener una familia ¡Con ir a París! pero también capaz de rajar con una navaja las axilas de su prostituta para que obedezca sin estropear su “producto”. Lo mismo ocurre con las meretrices: cada una es una persona completamente diferente y no simplemente una víctima: ahí está la curiosidad cultural de Darlene (Dominique Fishback); el pragamatismo anestesiado de Lori (Emily Meade); el sentirse desplazada de Ashley (Jamie Neumann); la adicción de Shay (Kim Director); las ladronas lésbicas Barbara (Kayla Foster) y Melissa (Olivia Luccardi); los muslos de trueno de Ruby (Pernell Walker). Una de las mejores cosas que sabe hacer Simon -y su equipo de escritores- es introducirnos en mundos ajenos al nuestro, en este caso, el de la prostitución, con una gran cantidad de detalles que aportan una verosimilitud de investigación periodística, de documental, simplemente apasionante: ¿Qué hace una prostituta cuando tiene la menstruación? Este realismo, no impide, sin embargo, leer en la relación del proxeneta con sus prostitutas una metáfora de la explotación laboral a todos los niveles.

Pero hay más personajes igual de importantes e interesantes: Abby (Margarita Levieva) la estudiante que renuncia a vivir en una burbuja; Chris, el policía crítico que se compara con Sísifo, interpretado por el ex de The Wire, Lawrence Gilliard; la periodista concienciada Sandra Washington (Natalie Paul); el cuñado obrero que es Chris Bauer, magnífico Sobotka de la segunda temporada de The Wire; Paul (Chris Kay) el barman que nos muestra la complicada vida de un homosexual en esos años; los mafiosos italianos que también escapan del cliché, Rudy Pipilo (Michael Rispoli) y Tommy Longo (Daniel Sauli); Harvey (David Krumholtz) el desencantado director de cine porno; el físico poderoso del misterioso y silencioso Gran Mike (Mustaf Shakir); el que fuera Karate Kid, Ralph Macchio, como otro policía corrupto; o la mujer infiel que hace brevemente Zoe Kazan. Casi todos estos seres acaban encontrándose en el bar que regenta el personaje de James Franco, otro ambiente perfectamente recreado: parece que hemos estado allí. Y como veis, Simon hace un nuevo esfuerzo para reflejar todos los estamentos de la sociedad: criminales, trabajadores, policías, periodistas, y empresarios. Por si fuera poco, Simon y sus guionistas le dan a su serie una densidad literaria que no teme detenerse en pequeñas historias que aportan riqueza y profundidad a lo contado: el niño que se estrena sexualmente -con un plano hitchcockiano del metro para expresar el orgasmo-; el solitario que paga por ver una película con una prostituta –Historia de dos ciudades (1935)-; el pervertido que hace realidad oscuras fantasías de violación y maltrato; los policías compartiendo comida china con trabajadoras sexuales detenidas que saldrán libres enseguida; son momentos maravillosos que elevan esta ficción muy por encima de otras series. Con un final de temporada abierto, que apenas comienza a rascar en los inicios de la industria del cine porno -no podría faltar la referencia a Garganta profunda (1972)- la serie despide su primera temporada recuperando una vieja costumbre de la mencionada The Wire, la del videoclip que, con una canción -aquí Careless Love de Ray Charles-, hace una panorámica de todos los personajes en liza.

Me permito un consejo: es mejor comenzar a ver desde ya The Deuce y no esperar a que se convierta en la mejor serie de la historia.