Los hermanos Barr son dos, Brad (guitarra, voz e instrumentos varios) y Andrew (batería y también una purriada de ruidos e instrumentos), y nacieron en Estados Unidos, aunque la formación oficial hoy en día de la banda que lleva su nombre está instalada en Toronto y se completa con la arpista y vocalista canadiense Sarah Pagé.

Trabajan el género folk y el americana, si bien desde el principio mostraron facilidad creativa para abordar las viejas estrategias de siempre desde nuevas e interesantes perspectivas. Ya la sola presencia del arpa de Pagé en el núcleo duro proporciona una base diferente, capaz de llevarnos a lugares inapelablemente bellos, como queda evidente en ‘You would have to lose your mind’, la pieza más larga y a la vez más hipnotizante del disco.

Con todo, que nadie imagine largos pasajes de barroquismo folk, a lo Joanna Newsom. Page pellizca las cuerdas de su arpa como si se tratase de un banjo especialmente cristalino y sofisticado; y los hermanos se encargan de completar el cuadro musical con una versátil y muy a menudo excitante combinación de arreglos entre lo eléctrico y lo acústico, entre la tradición y el riesgo (incluso sus piezas más conservadoras, como el blues-rock ‘It came to me’ , tienen un mordiente especial por la forma en la que son tocadas y por el lodo extra en forma de reverb con el que han sido grabadas, cortesía de ese artesano de la ingeniería de estudio que es Ryan Freeland).

Queens of the Breakers es su tercer disco y probablemente sea su obra más lograda y más personal. Y es que pocas cosas pueden ser más personales y a la vez más desgarradoras que los sonidos arrítmicos que sustentan la base del tema inicial ‘Defribillation’, inspirados en las maquinas monitoras del corazón que tanto impactaron a Andrew cuando fueron a visitar a su madre convaleciente en el hospital. Lejos de llevarnos a la agonía, los Barr construyen parte de eso una bellísima tonada que comparte la emoción contenida de los mejores trabajos de The National. Tan impecable faena la completan las cantantes de Lucius, que colaboran con unas voces que ponen los pelos de punta en el puente de la canción.

El disco ofrece prácticamente un giro por canción, y hasta se atreve con un kraut bien digerido en ‘Kompromat’, con un título que en ruso significa “material comprometido” y con una letra que hace un par de alusiones a la avaricia, lo cual invita a pensar en recados más o menos velados a la Administración Trump.

Tan sólo parece un poco desconcertante la canción que da título al disco, no porque no sea buena (lo es), sino porque se antoja como un descarado e injustificado ejercicio de estilo para emular lo que con tanto éxito anda haciendo Granduciel con sus The War on Drugs. Una banda tan personal con un disco tan inspirado como este, no necesita ir creando clones tan evidentes. Con todo, este tercer trabajo tiene mi aplauso y merece tu atención.