Unir los nombres de J.J. Abrams –Perdidos– y Jordan Peele –Déjame salir (2017)- en un título que lleva el nombre de Lovecraft es necesariamente crear unas expectativas altísimas. Por ello es muy probable que Territorio Lovecraft resulte decepcionante. Desde luego, es difícil decir que la serie cumple con lo esperado porque su principal característica es la sorpresa. Cada episodio de esta ficción creada por Misha Green -adaptando la novela de Mat Ruff– parece ir en diferentes direcciones y eso, francamente, puede desalentar al espectador. Pero a la altura del quinto episodio, la historia comienza a asentarse y a ganar cohesión. Eso, o es que nos acostumbramos a la locura. El planteamiento es bastante interesante: presentar como escenario los Estado Unidos de los años 50 y añadirle elementos fantásticos basados en el terror cósmico de H.P. Lovecraft. La serie incide sobre todo en el racismo de aquella época, en la que los afroamericanos eran ciudadanos de segunda clase, en un contraste buscado: Lovecraft era un supremacista blanco. Los protagonistas de la serie, de raza negra, sufren todo tipo de discriminaciones durante la historia, una opresión a la que no pueden enfrentarse, mientras que las amenazas fantásticas que aparecen en el relato sí tienen soluciones, eso sí, siempre dentro del terreno de lo mágico. Territorio Lovecraft enfrenta la ficción y la realidad. Los protagonistas son víctimas del racismo, el machismo, la homofobia, la pobreza y el horror de la guerra, por lo que buscan refugio en la fantasía, leyendo clásicos de aventuras como El conde de Montecristo Drácula, haciendo cómics o viendo películas de Hollywood como Cita en Sant Louis (1944). 

El primer episodio es probablemente el mejor de todos, un relato sobre un grupo de afroamericanos que viven atemorizados en la América racista de los años 50 y acaban metidos en una monster movie tras descubrir una secta de magos supremacistas. Las ya mencionadas referencias a la literatura de aventuras, los cómics, las ciudades que no aparecen en los mapas, convierten a esta primera entrega en una deliciosa mini película. El segundo episodio desconcierta porque parece dirigir la historia hacia el enfrentamiento con dos misteriosos magos blancos: Christina y William Braithwithe, interpretados por la peculiar Abbey Lee y el apolíneo Jordan Patrick Smith. A partir de aquí, Territorio Lovecraft se convierte en una antología de historias -la novela original está estructurada así- que mantiene un trasfondo temático -el racismo y el conservadurismo estadounidense-, un argumento general de brujos que buscan el poder, y los mismos protagonistas, claro. 

Esto es quizás el punto más endeble de la propuesta: Atticus Freeman (Jonathan Majors) y Letitia (Jurnee Smollett) no me convencen demasiado. El tercer episodio es una historia de casa encantada -de nuevo con trasfondo racial- en el que se presenta un personaje secundario más interesante, Ruby, interpretada por la emergente Wunmi Mosaku, de gran presencia en pantalla. Ella protagoniza un descabellado pero interesante episodio en el que adquiere la capacidad de transformarse en una mujer blanca y librarse, por unas horas, de la discriminación. Una idea fantástica y excesiva con una gran dosis de humor y gore. Otro personaje secundario, Montrose (Michael Kenneth Williams), también resulta interesante al introducir temas como la discriminación sexual, el maltrato y la violencia como producto de condicionantes sociales. Por último, mencionemos el personaje de Hyppolite (Anjuane Ellis), que también interesa más que la pareja protagonista, y que hace de heroína en un estupendo episodio que incluye viajes dimensionales, en la línea de la serie marciana de Edgar Rice Burroughs. Tampoco está nada mal un capítulo casi independiente, una precuela realmente, que sitúa la acción en Corea para presentarnos a un demonio sexual basado en la mitología oriental. Añadamos a este cóctel episodios muy locos de la serie que incluyen aventuras en templos de cartón piedra, demonios dignos de Insidious que persiguen a la niña Diana (Jada Harris); y viajes temporales al pasado -traumático y racista- de Estados Unidos, con las habituales paradojas. Todo esto lleva a un final enloquecido de rituales, tentáculos y lucha entre brujos, una mano biónica y la sensación de haber visto una serie con muy buena ideas, pero no demasiado bien desarrolladas, en una ficción desequilibrada. 

Territorio Lovecraft le ha faltado enfocar mejor sus intenciones, porque su batiburrillo argumental y temático, aunque disfrutable, no parece haber acabado de cuajar.