Vida y cine

Qué es la vida y qué es el cine parece preguntarse Jonás Trueba en su nueva película, Tenéis que venir a verla, una obra que reflexiona sobre uno de esos momentos bisagra de la vida, el paso de la juventud a la madurez. Para ello, Trueba se sirve de las trayectorias vitales de dos parejas de amigos: los actores Itsaso Arana y Vito Sanz -que ya protagonizaron La virgen de agosto (2019)- son aquí dos urbanitas que parecen empeñados en alargar una existencia sin los compromisos que conlleva formar una familia; luego están Irene Escolar y Francesco Carril, como la otra pareja que ha dado el paso hacia a la vida ‘adulta’, que aquí se traduce en vivir en el campo -perdonad la digresión, pero no puedo evitar acordarme del ‘You gotta see the baby’ de la mítica serie Seinfeld (1989-1998), expresión equivalente al título de la cinta que nos ocupa-.

Sobre los elementos antes comentados, Trueba ensaya una película fresca, ligera, de apenas una hora de duración, en la que comparte con nosotros conciertos, canciones, libros –Has de cambiar tu vida de Peter Sloterdijk– y paisajes, mientras sus personajes se comportan como podríamos hacerlo nosotros mismos en situaciones tan cotidianas como quedar para tomar algo, sacar la basura, coger un tren de cercanías, visitar la casa de unos amigos por primera vez, compartir un cordero, jugar al ping-pong en una mesa que ya apenas se usa, o dar un paseo por el campo que se convierte en metáfora de ese no saber qué hacer en la vida que todos hemos sentido alguna vez. Lo que dicen y hacen estos cuatro amigos no parece materia dramática, nos recuerdan a personas que hemos conocido, a cosas que nos han pasado, a ‘trozos de vida’ que parecen no tener demasiada trascendencia. Pero, si estamos atentos, captaremos gestos y frases que revelan las dudas, los anhelos y, sobre todo, los caminos no tomados, los proyectos que ya no serán porque la juventud se ha escapado entre los dedos, de estos cuatro personajes. De fondo, además, se puede intuir un escenario social y político: esa pandemia que nos separó y que empujó a unos cuantos a salir de las ciudades, pero también la precariedad laboral, la maternidad y el problema de la vivienda. 

Y con apenas una hora de duración, cuando ya nos sentimos a gusto con los personajes, Trueba nos sorprende echándonos de la ensoñación para decirnos que lo que vemos se parece mucho a la vida, pero que en realidad es cine y que no estamos en el campo, sino que hemos hecho el esfuerzo de asistir a una sala: otra (buena) costumbre, como la de quedar con amigos, que es necesario recuperar.