Creo firmemente que la ficción es la principal válvula de escape ante el peso de la existencia. No solo usamos la literatura, el cine o las series de televisión para consolarnos, también tenemos la tendencia a hacer ficción de la política, del fútbol, de la historia pasada o de las vidas de los famosos. Necesitamos buenos y malos protagonizando conflictos manejables sobre los que tener una postura clara. Esta tendencia a simplificar realidades complejas lleva incluso a no distinguir la frontera entre la realidad y la ficción. Si escribes sobre asesinos, probablemente estás enfermo. Si ves películas violentas y te gustan los videojuegos, probablemente tienes algún problema. Reflexiono sobre estas ideas tras ver El taller de escritura, película francesa de Laurent CantetLa clase (2008)- en la que le vuelve a acompañar Robin Campillo120 pulsaciones por minuto (2017)-.

Este interesante film propone a un enigmático protagonista, Antoine (Matthieu Lucci) -en él se reconoce la influencia de El extranjero de Albert Camus– que asiste a un taller de escritura -como parte de un programa de integración social- impartido por una novelista profesional, (Marina Foïs). Los compañeros de Antoine tienen orígenes étnicos diversos, propios de un país multicultural como Francia, lo que acaba siendo la principal fuente de conflicto. La raza, la religión y el origen de los miembros del taller provocan enfrentamientos personales -reales- mientras se discute el proyecto conjunto de una novela -ficción- que intentan desarrollar. Son sesiones que recuerdan a las mejores escenas de la mencionada La clase, y que reflejan la compleja sociedad francesa y sus tensiones: el terrorismo, los atentados recientes en suelo galo, el desconocimiento del islam.

Además, en esa novela negra que se intenta escribir, pronto aparece un trasfondo político que habla de la historia pasada de los astilleros de La Ciotat (Provenza), escenario de la historia en el que se produjeron episodios de lucha obrera en los años 80. El personaje de Antoine, un joven aparentemente sin futuro, provocador, cerrado en sí mismo, lo mezcla todo y sus compañeros del taller acaban borrando la línea entre lo que escribe y lo que oculta su personalidad. La propia novelista que imparte el taller querrá convertir a Antoine en un personaje de su novela: un posible ‘lobo solitario’. Cantet y Campillo refuerzan este relato al mostrarnos el ecosistema de Antoine: franceses de pura cepa, blancos, mileuristas, que coquetean con ideas de extrema derecha. Pero ¿Quién es realmente Antoine? Un tío que se aburre, apático, que no empatiza con nadie -quizás solo con los niños- y que está bastante desconectado de la sociedad. Que quizás acabará convirtiendo su realidad en la ficción de ese relato que los otros le adjudican. La propuesta de Cantet y Campillo es sin duda interesante, aunque seguramente le falte emoción y la satisfacción que produce un argumento más cerrado. Más propio de la ficción. El taller de escritura prefiere mantenerse objetiva, preservar el enigma de sus personajes, escatimarnos información, evitar respuestas y eludir un desenlace claro. Como la vida misma.