La lucha de Lara -fantástico Victor Polster– no es contra una sociedad intransigente que no acepta que haya decidido dejar de llamarse Víctor. Lara lucha contra su propio cuerpo. De hecho, todos alrededor de Lara la ven como una chica, incluso esas amigas cabronas de la elitista academia de ballet clásico. Por no hablar del apoyo incondicional de su padre (Arieh Worthalter), un maravilloso personaje que es pura humanidad, desde una perspectiva absolutamente práctica de entender la vida. No me puedo sentir más identificado con él y con lo que sufre por su hija.