El gran defecto de Zoolander No. 2 es probablemente su mayor virtud: es una completa memez. En el programa Cómicos de #0, Javier Cansado escuchaba a Joaquín Reyes decir que, además del humor inteligente, también le gustaba mucho la “tontuna”. El humor chorra de Zoolander no admite medias tintas, o te ríes o te aburres. La película es una acumulación de excesos difícil de superar. Ben Stiller y sus guionistas –Justin Theroux de The Leftovers entre ellos- saben que no pueden darse el lujo de desarrollar un argumento sino que deben bombardearnos con ideas sin descanso. Alguna tiene que hacernos reír. El protagonista, la parodia perfecta de un modelo, nació como un chascarrillo en la cadena VH1 y su exiguo recorrido es su talón de Aquiles.