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Venom
Cine/TV

Venom: Habrá matanza 

Tengo que reconocerle a las películas de Marvel Studios que gozan de un nivel medio de calidad más bien alto. No hay auténticos desastres como pueden ser, en mi opinión, películas de la ‘distinguida competencia’ como Escuadrón suicida (2016) o Aves de presa (2020). Pero también es verdad que no hay cintas con el respaldo crítico de El caballero oscuro (2008) o Joker (2019). No se puede decir lo mismo de los dos estudios cinematográficos que tenían en su repertorio a personajes de Marvel, como Fox -que explotaba desigualmente la franquicia de los X-Men- o Sony, que sigue manteniendo los derechos de Spider-Man y sus personajes relacionados. Es el caso de Venom, un enemigo del héroe arácnido que, sin la presencia del álter ego de Peter Parker, tiene poco sentido, ya que nació como su reverso oscuro -como ya vimos en la menospreciada Spider-Man 3 (2007) de Sam Raimi-.

Empeñados en sacar partido de sus personajes, Sony estrenó en 2018 una película con Venom como protagonista, consiguiendo un gran éxito a pesar de su escasa calidad artística. La secuela llega ahora y hay que decir que la cosa no mejora. Venom: Habrá matanza desperdicia todos sus valores -que los tiene- en una operación cuyo único interés parece ser explotar comercialmente una propiedad intelectual. A pesar de tener en su reparto a actores contrastados como Tom Hardy, Michelle Williams, Woody Harrelson o Stephen Graham, el guión prefiere no darle entidad a ningún personaje. El protagonista no ha tenido desarrollo alguno en dos películas, su interés romántico tampoco, y los villanos de cada entrega no dan la talla. El argumento se limita a encadenar situaciones en una buddy movie en la que el simbionte extraterrestre y el periodista Eddie Brock intentan coexistir.

Planteada como una comedia, la película simplemente no tiene demasiada gracia. No sabemos realmente quién es Eddie Brock, y mucho menos quién es Venom. La película evita a toda costa desarrollar la mitología de la criatura. Por otro lado, el plato principal debería ser el enfrentamiento entre Venom/Brock y Matanza/Cletus Kasady, pero la relación y el antagonismo entre ambos personajes no podían estar peor desarrollados. Y eso que la subtrama de Matanza puede tener su gracia, jugando al homenaje con el personaje de Harrelson de Asesinos natos (1994), o con la bonita idea de desarrollar un flashback sobre su pasado con una secuencia animada. Pero la película tampoco acaba de apuntar en esa dirección. El personaje Frances Barrison (Naomie Harris) -Shriek en los cómics-, y sus convenientes poderes sónicos, tampoco acaba de encajar porque nos cuentan poco de ella ¿De dónde sale? Al final, la película se resuelve con una nueva pelea entre monstruos creados digitalmente. Mucho ruido y furia, pero sin peso real.

Dirigida por Andy Serkis -actor que conoceréis por interpretar al Gollum de El señor de los Anillos (2001) y a otros personajes digitales- es simplemente correcta. Poco importa mi opinión, Venom: Habrá matanza es ya un gran éxito de taquilla, por lo que habrá secuela. Y es que la calidad es lo de menos cuando, en la escena postcréditos -bastante cutre, por cierto- se nos presenta una posible futura entrega que asegura que más de uno comprará su entrada. Yo incluido.

Cine/TV

Dunkerque: una gran experiencia cinematográfica 

Dunkerque solo se puede calificar como un gran logro cinematográfico. Un prodigio técnico que nos hace vivir un evento histórico de cualidades épicas. Christopher Nolan -ya sabéis, autor de El caballero oscuro (2008)- utiliza una pantalla enorme -ha rodado en 70 mm- sobre la que ordena los elementos de su film en composiciones simétricas de líneas de fuga perfectas. Imposible no pensar en el storyboard de Eisenstein para Alexander Nevsky (1938) cuando vemos la multitud de soldados uniformados con sus cascos verdes, agrupados en la playa o alineados en el muelle que se levanta horizontal sobre un mar que se confunde con el cielo; los barcos gigantescos que se mueven pesadamente entre las olas; los nerviosos aeroplanos que surcan un azul muy limpio. Las imágenes que fabrica Nolan son magníficas y encima se mueven, introduciéndonos en los hechos narrados, la evacuación de más de 300.000 soldados británicos de Francia, antes de que sea invadida por los nazis.

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El Renacido – The Revenant (Alejandro G. Iñárritu 2015) 

Lo primero que llama la atención de El renacido, es que es un western en planos secuencia. Si de John Ford recordamos las colosales imágenes del rocoso Monument Valley, González Iñárritu parece preferir el famoso travelling que se acercaba al rostro de John Wayne en La diligencia (1939). Sergio Leone hizo que las caras de sus mugrientos cowboys fueran tan importantes como los paisajes en formato panorámico. Iñárritu también prefiere los rostros de sus actores a las grandes extensiones que caracterizan al género. Recordemos que Birdman (2014), anterior film de Iñárritu, ocurría en un solo plano secuencia digitalmente falso. Aquí el director recurre al montaje, insertando planos del paisaje para situar a los personajes, pero la mayor parte del tiempo su cámara -en constante movimiento- estará pegada al rostro de los intérpretes. El aliento de DiCaprio empañando el objetivo. Esta decisión del mexicano nos mete dentro de la acción, nos acerca a la sangre derramada, nos sumerge debajo del agua helada de los ríos y hunde nuestros pies en la nieve. Consigue Iñárritu que su western sea muy físico. Pero más importante, libera a sus intérpretes de la limitación del montaje. La opción le ha valido a DiCaprio un Globo de Oro y una nominación al Oscar.

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Star Wars: El despertar de la Fuerza (J.J. Abrams, 2015) 

Si habéis ido a verEl despertar de la Fuerza en los primeros días de su estreno, en un cine atestado de gente de todo tipo, con familias enteras disfrazadas como los personajes de la saga, os habréis dado cuenta de no es simplemente una película. Sé que no soy el primero en decirlo, pero Star Wars es un mito moderno. Una historia que ha calado tan profundamente en el inconsciente colectivo que ocupa el mismo lugar que las leyendas y la religión. Con esto no quiero decir que la gente “crea” en la Fuerza, sino que su relación con la historia de Luke Skywalker es mucho más íntima que con el libro de Job de la Biblia. Los mitos no se crearon para vender entradas, camisetas o figuritas. Tienen una función psicológica como metáforas de las etapas de la vida y nos ayudan a superarlas. Y aunque Star Wars vende un montón de entradas, camisetas y figuritas, su estatura mítica es innegable e inigualable. Porque habrá ayudado a más de un niño a hacerse consciente de la muerte de su padre, le habrá enseñado a otro que una galaxia entera no puede separarle de su hermana, nos ha dicho a todos que hay que rebelarse contra el mal, pero empezando por el que anida en nuestro interior.