En la obra maestra El moderno Sherlock Holmes (1924), Buster Keaton jugaba con la narrativa cinematográfica -que entonces estaba todavía en su infancia- para crear una secuencia cómica inolvidable: el protagonista, un proyeccionista, se quedaba dormido durante una sesión y en sueños entraba a formar parte de la película, siendo víctima nada menos que del montaje. Con cada corte, el héroe se veía sorprendido por un cambio de escenario y de situación: si en un plano se lanzaba al agua, al siguiente se daba un tortazo al estrellarse con el suelo seco.