La última novela que nos trae Sajalín dentro de su imprescindible colección Al margen es puro R-I-T-M-O, lo más parecido a una canción —por supuesto, un temazo— que hayamos reseñado en esta sección de literatura. Imaginad en una línea de bajo que bombea energía, una y otra vez, como un martillo pilón, respaldado por la batería. Es una figura musical simple, apenas tres notas, pero surge de entre las brumas, y el halo de amenaza y violencia te engancha irremisiblemente, como la inmediatez de esta historia criminal. De hecho, no está dispuesto a soltarte durante sus 250 páginas que, como las mejores canciones, van a evaporarse en un suspiro. Una guitarra de blues, los pedales aullando sus wah wah, anunciando la transformación de la tensión latente del relato en un festival de sonidos: aparece el piano eléctrico, cuerdas, palmas, etc, etc, etc. La llegada de la guerra. Estoy pensando en Papa was a rolling stone de los Temptations. Todo músculo narrativo, nada de grasa superflua. Una invitación al baile. Una danza macabra, claro. Eso es Los Reyes del Jaco.