Un disco de Iggy Pop y una cuerda de tender. Es lo último que pasó por las manos de Ian Kevin Curtis la mañana del 18 de mayo de 1980. Un nudo alrededor del cuello, una decisión cobarde y un pasaporte hacia el panteón de las Estrellas de la Música Malditas. Hoy se cumplen 35 años de la muerte del artista británico fallecido prematuramente más influyente de todos los tiempos. Y no hablo de ventas. Freddy Mercury nos dejó con su mansión forrada de discos de platino y Amy Winehouse puso el planeta a bailar soul mientras se machacaba a base drogas de todo pelaje, pero ninguno consiguió, desde un fallecimiento prácticamente en el anonimato, llegar a las (torturadas) mentes de tres generaciones completas de músicos y fans. Hoy en día, su corto legado musical sigue perturbando y está marcado como una huella de agua una lista tan larga de grupos que me podría tirar hasta mañana citándolos.