Los ahora veinteañeros Matt Canham y Abigail Dersiley se conocen desde el instituto. Mientras uno peleaba con los manuales de instrucciones de todo tipo de maquinaria que diera salida creativa a su pasión por el house y la electrónica más underground de la escena londinense, la otra se dejaba la garganta cantando canciones de trash metal parecidas a las de sus amados Slipknot. Cuando se juntaban a hablar de música, nexos en común como Nine Inch Nails les servían de estímulo para imaginar que podrían ser capaces de crear algo que tuviera algo parecido a una dirección coherente.