Este disco es un milagro, no sólo por sus méritos artísticos –en los que enseguida nos detendremos-, sino porque su responsable era poco menos que un muerto viviente del rock, una vieja leyenda del punk en paupérrimo estado de salud, castigado por décadas de exceso e incapaz de defender sobre el escenario las intentonas de reformar a The Only Ones para sacar partido de un reconocimiento que nunca les llegó en el momento adecuado (hay que recordar que la banda estaba activa en el Londres de fervor punk de finales de los 70, pero ni siquiera su canción de más potencial, Another girl, another planet llegó a hacerle cosquillas a las listas de éxito, si bien se acabó convirtiendo en un clásico con el paso de los años y con versiones de bandas como The Replacements).