El aficionado al cine tiene una de sus cúspides más elevadas para escalar cada vez que Michael Haneke estrena una película. Digamos que no se enfrenta uno a un film del austríaco con la misma alegría con la que se compra una entrada para ver una de Steven Spielberg o Quentin Tarantino. Haneke no es plato de gusto, y es, sin duda, un gusto adquirido. El esfuerzo para “disfrutar” de sus películas es considerable. El autor no suele ayudar al espectador con una planificación o un montaje, ágiles.