Polanski ha vuelto a obrar el milagro. Sólo unos segundos bastan, con ese arranque en el que la cámara avanza por un bulevar llevándonos hasta un decadente teatro (mientras se desata una tormenta y arranca la espectacular partitura compuesta por Alexandre Desplat en los títulos de crédito), para saber que vamos a disfrutar de una obra magna.