En algunas de esas maravillosas películas juveniles de cine fantástico de los años 80 -como E.T., el extraterrestre (1982)- el protagonista adolescente sufría por la ausencia de su padre -fallecido, separado o desaparecido- y la figura de la madre era presentada como sinónimo de protección, pero también de lo cotidiano, de la normalidad.